El hambre en el Tercer Mundo y la ingeniería genética: ¿una tecnología apropiada?
Peter Rosset
Introducción
El propósito de este ensayo es dar algunas respuestas a esta pregunta: ¿las
variedades genéticamente modificadas pueden ser una tecnología útil, importante
o deseable para enfrentar los problemas de pobreza, hambre y baja productividad
que sufren los campesinos y campesinas del Tercer Mundo? La industria, las instituciones
oficiales y muchos investigadores quieren hacernos creer que eso es así. (Council
for Biotechnology Information, s.f.; Pinstrup-Andersen, 1999; McGloughlin, 1999a,b).
Es necesario analizar sus argumentos críticamente.
Me referiré principalmente a la producción agrícola de alimentos para el consumo
nacional. Cuando hablamos de mercados nacionales encontramos que los agricultores
familiares y los campesinos , a pesar de su posición desventajosa en la sociedad,
son los principales productores de alimentos bási-cos, siendo los responsables
de elevados porcentajes de la producción nacional en la mayoría de los países
del Tercer Mundo. Este sector que es tan importante para la producción de alimentos,
para-dójicamente se caracteriza por vivir en la pobreza y padecer hambre, teniendo
en algunos casos una productividad muy baja. Para saber si la solución que propone
la ingeniería genética es capaz de acabar con esos problemas, tenemos que comenzar
por entender con claridad cuáles son sus causas. Si estas causas fueran una
tecnología inadecuada, al menos en teoría sería posible una solución tec-nológica.
Por lo tanto empezaremos por el análisis de las condiciones que enfrentan los
campesinos que producen alimentos básicos en la mayoría de los países del Tercer
Mundo.
Antecedentes históricos
Desde los inicios del colonialismo, la historia del Tercer Mundo ha sido la
historia del desarrollo insostenible. La apropiación colonialista de las tierras
desplazó a las sociedades productoras de alimentos de las mejores tierras para
cultivo, de las tierras aluviales o volcánicas relativamente lla-nas, con lluvias
suficientes pero no excesivas, o con agua para riego. En la nueva economía global
dominada por las potencias coloniales esas tierras fueron convertidas en productoras
para la expor-tación. En lugar de producir los alimentos básicos para la población
local, se volvieron extensas haciendas ganaderas o plantaciones dedicadas a
la explotación de añil, cacao, coco, caucho, azúcar, algodón y otros productos
de alto valor mercantil. Mientras los productores tradicionales de ali-mentos
habían desarrollado a través de millares de años prácticas agrícolas y ganaderas
en conso-nancia con la fertilidad de las tierras locales y las condiciones ambientales,
las plantaciones colo-niales, con una miopía exacerbada por su afán de lucro,
decidieron extraer los máximos beneficios con los mínimos costos, usando con
frecuencia la mano de obra esclava y prácticas de producción que descuidaron
la sostenibilidad en el largo plazo de la producción (Lappé et al., 1998).
Entre tanto los productores locales de alimentos, o bien fueron esclavizados
en las plantaciones, o fueron desplazados hacia suelos marginales poco aptos
para la producción. Las sociedades precolo-niales habían usado las tierras áridas
y desérticas únicamente para pastoreo nomádico de baja inten-sidad, los terrenos
de ladera sólo habían albergado una población de baja densidad, con cultivos
intercalados y largos períodos en barbecho (o en algunos casos, con sofisticadas
terracerías), usando además los bosques lluviosos ante todo para la caza y la
recolección (con alguna producción agrofo-restal). Todas estas prácticas, en
esas condiciones, son sostenibles a largo plazo. La gente estaba acostumbrada
a producir de manera continua cultivos anuales en tierras fértiles, con buenos
drena-jes y suficiente acceso al agua. Pero el colonialismo desplazó masivamente
a las familias de agri-cultores a las áreas marginales ya mencionadas. Aunque
las culturas precoloniales nunca habían considerado que esas regiones podían
ser adecuadas para una población densa y cultivos anuales intensivos, de allí
en adelante en muchos casos tuvieron que adaptarse a ambas cosas. Como resul-tado
estos agricultores, recién desalojados y desplazados, talaron los bosques y
sometieron a mu-chos habitats frágiles a prácticas productivas insostenibles,
mientras las mejores tierras disponibles en manos de los europeos fueron siendo
degradadas por las continuas cosechas para la exportación (Lappé et al., 1998).
Las independencias nacionales del colonialismo significaron poco en el alivio
de los problemas ambientales y sociales generados por la dinámica anteriormente
descrita, y en verdad empeoraron la situación en una buena parte del Tercer
Mundo. Las élites nacionales post-coloniales llegaron al poder con fuertes vínculos
con las economías orientadas a la exportación, de hecho vinculadas en muchos
casos con los antiguos poderes coloniales. El período de las independencias
nacionales, que duró más de un siglo, correspondió con la expansión a escala
global del mercado y las relaciones capitalistas de producción, y en particular,
con su penetración en las economías de los países del Tercer Mundo y las áreas
rurales. Pasaron a primer término nuevos productos de exportación, in-cluyendo
café, banano, maní, soya, aceite de palma y otros, mientras surgían asimismo
nuevas élites agroexportadoras, más capitalistas, opuestas a las antiguas élites
feudales. Este período llamado "modernización", se basaba en la ideología de
que lo grande siempre es mejor. En las zonas rurales eso significó la consolidación
de las tierras agrícolas en grandes latifundios, que podían mecanizar sus labores,
y la noción de que el campesinado "retrógrado e ineficiente" debía dejar la
agricultura y migrar a las ciudades, donde proporcionaría la fuerza de trabajo
para la industrialización. Esto de-sembocó en un nuevo ciclo de concentración
de la propiedad territorial en manos de los opulentos y en un aumento considerable
de campesinos y campesinas sin tierra en las zonas rurales. Los campe-sinos
sin tierra pronto se volvieron los más pobres de los pobres, subsistiendo parcialmente
como trabajadores agrícolas por temporada, peones contratados por día, recolectores
de cosechas o mi-grantes hacia las fronteras agrícolas a talar bosques para
los hacendados. En esta masa de desposeí-dos también estaban los "campesinos
pobres": aparceros, arrendatarios de pequeñas parcelas, ocu-pantes precarios,
minifundistas, propietarios legales de parcelas tan pequeñas o con suelos tan
infértiles que no servían para mantener a sus familias (Lappé et al., 1998).
Por lo tanto en la actualidad las zonas rurales en el Tercer Mundo se caracterizan
por desigualdades extremas en el acceso a la tierra, en la seguridad de la tenencia
y la calidad de la tierra laborada. Estas desigualdades producen desigualdades
igualmente extremas de riqueza, ingresos y niveles de vida. La mayoría desposeída
está marginada de la vida económica nacional, en la medida en que sus magros
ingresos se traducen en un poder de compra insignificante (Lappé et al., 1998).
Esto crea un círculo vicioso. La marginación de la mayoría conduce a la existencia
de mercados nacionales muy limitados en cantidad y variedad, de modo que las
élites de los agronegocios orien-tan su producción a mercados de exportación,
donde los consumidores sí disponen de poder de compra. Al hacer esto, las élites
pierden todavía más su interés en el bienestar o poder adquisitivo de los pobres
en su país, debido a que esos no constituyen un mercado para ellos, sino más
bien costos en términos de salarios que tratan de mantener lo más bajos posible.
Y al mantener bajos los salarios y los niveles de vida, los mercados nacionales
jamás surgirán con fuerza, lo cual refuerza su orientación exportadora.
El resultado es una espiral descendente que hunde a la población en una pobreza
y una marginación cada vez mayor, independientemente de que las exportaciones
nacionales se vuelvan más "competi-tivas" en la economía global. Una de las
ironías de nuestro mundo actual, es que los alimentos y otros productos agrícolas
fluyen desde zonas de hambre y necesidades básicas insatisfechas hacia zonas
donde se concentra el dinero, en los países industrializados (Lappé et al.,
1998).
La misma dinámica produce también degradación ambiental. Por una parte, la población
rural fue históricamente reubicada desde áreas apropiadas para la agricultura
a otras menos convenientes, lo que condujo a la deforestación, desertificación
y erosión de las tierras en los ambientes más frágiles. El proceso continúa
en la actualidad, en la medida en que nuevos grupos sin tierras migran hacia
las fronteras agrícolas.
En las tierras más productivas, la situación no es mejor. Aquí, las mejores
tierras de labranza en la mayoría de las naciones se han concentrado en grandes
empresas agrícolas dedicadas a la produc-ción mecanizada de unos pocos cultivos
de exportación con uso intensivo de fertilizantes químicos. Muchas de las mejores
tierras de nuestro planeta -que los agricultores tradicionales precoloniales
habían administrado de modo sostenible durante milenios- se han ido degradando
rápidamente, y en algunos casos han tenido que ser abandonadas por completo,
debido a la búsqueda cortoplacista de ganancias y competitividad en la exportación.
La capacidad productiva de esas tierras está descen-diendo rápidamente debido
a la compactación de la tierra, la erosión, la explotación forestal y la pérdida
de fertilidad, aunadas a la resistencia cada vez mayor de las plagas contra
los plaguicidas, y la pérdida de biodiversidad funcional tanto en el suelo como
áerea. Muchas agencias internacionales reconocen actualmente que el problema
en aumento de la disminución de productividad de las cose-chas, es una importante
amenaza subyacente en la producción global de alimentos (Lappé et al., 1998).
Los programas de ajuste estructural y otras macropolíticas.
Como si lo anterior no fuese suficiente, las últimas tres décadas de historia
mundial han presenciado una serie de cambios en los mecanismos de gobierno nacional
y global, cuya suma ha desgastado considerablemente la capacidad de los gobiernos
de las países del Sur, para orientar el desarrollo nacional teniendo en cuenta
la seguridad humana de sus ciudadanos en sentido amplio. Sus posibi-lidades
de asegurar el bienestar social de la gente pobre y vulnerable, alcanzar la
justicia social, garantizar los derechos humanos y proteger y administrar de
modo sostenible sus recursos naturales, se ha debilitado críticamente. Esos
cambios en los mecanismos de gobierno se han producido en el marco de un paradigma
que considera al comercio internacional como el recurso clave para promo-ver
el crecimiento económico en las economías nacionales, y asimismo considera que
ese creci-miento es la solución para todos los males (Lappé et al., 1998; Bello
1999).
Con la finalidad de abrirle campo a las actividades de importación/exportación,
así como las inver-siones extranjeras promotoras de las exportaciones, tanto
los programas de ajuste estructural (PAE), como los acuerdos regionales y bilaterales
de comercio, y las negociaciones del GATT y luego de la Organización Mundial
del Comercio (OMC), han desplazado la preeminencia de los gobiernos en la conducción
de las economías nacionales hacia los mecanismos de mercado y organismos de
regula-ción global, como la mencionada OMC. De manera progresiva, los gobiernos
de los países del Sur han ido perdiendo la mayoría de las herramientas administrativas
para orientar sus políticas ma-croeconómicas. Se han visto obligados a cortar
drásticamente las inversiones gubernamentales de-bido a las exigencias de reducir
sus déficits presupuestarios, unificar tasas de cambio, devaluar y dejar en
flotación sus monedas locales, eliminar prácticamente todas las barreras arancelarias
y no-arancelarias, privatizar los bancos estatales y otras empresas y cortar
o eliminar los subsidios de todo tipo, incluyendo servicios sociales y precios
de apoyo para los pequeños agricultores. En la mayoría de los casos, o bien
como preparación para ser admitidos en un acuerdo comercial, o bien con fondos
y/o asesoramiento proveniente de alguna institución financiera internacional,
como el Banco Mundial, el ajuste ha estado seguido de arreglos sobre la tenencia
de la tierra, siendo prepon-derantes los mecanismos de privatización y formación
de mercados de tierra, buscando con eso una inversión mayor en los sectores
agrícolas (Lappé et al., 1998; Bello 1999).
Si bien esos cambios han creado en algunos casos oportunidades novedosas para
que gente de bajos recursos explote nuevos nichos de mercado en la economía
global (por ej. café orgánico), la mayor parte de las veces lo que han hecho
es socavar tanto las redes de seguridad social provistas por los gobiernos como
la cooperación y gestión comunitaria de recursos, tradicionalmente usada para
en-frentar las crisis. La mayoría de la gente pobre sigue viviendo en zonas
rurales, y los cambios men-cionados han profundizado en muchos de ellos la crisis,
incapacitándoles para obtener su sustento. Cada vez son más los que han sido
arrojados a espacios dominados por las fuerzas económicas glo-bales, donde los
términos de la participación han sido establecidos de acuerdo con los intereses
de los más poderosos. Los agricultores y agricultoras ven como los precios de
los alimentos básicos que producen caen por debajo de los costos de producción,
al enfrentar importaciones baratas libres de aranceles y cuotas. Crecientemente
deben enfrentar la falta de créditos, acopio y comercializa-ción, y precios
subsidiados que anteriormente apoyaban su producción, mientras los sistemas
tradi-cionales de gestión de tierras comunales siguen siendo atacados por las
reformas legales y por los inversionistas del sector privado. Como resultado
la productividad de los campesinos y agricultores familiares, responsables de
los alimentos para el consumo nacional está disminuyendo, en especial en regiones
como los países Africanos Sub-saharianos (Lappé et al., 1998).
Disminución de la productividad
No es entonces por carecer de semillas 'milagrosas' que contienen su propio
insecticida y toleran dosis muy grandes de herbicidas, que los productores de
alimentos del Tercer Mundo muestran una productividad en descenso, sino por
el hecho de que han sido desplazados a tierras marginales, con suelos empobrecidos
y en las que dependen exclusivamente de la lluvia para el riego, al tiempo que
tienen que enfrentar estructuras y políticas macroeconómicas multifáceticamente
hostiles a que los agricultores familiares y campesinos sean productores de
alimentos. Cuando los programas de ajuste estructural (PAE) privatizan los bancos
para el desarrollo, los agricultores de pequeña escala, quedan sin créditos.
Cuando los PAE cancelan el subsidio a ciertos insumos (abonos, fertilizantes,
etc.) estos agricultores ya no pueden usarlos. Cuando ya no se subsidian los
precios, y los mercados nacionales se abren a los excedentes de alimentos de
los países industrializados (dumping), caen los precios y la producción local
de alimentos deja de ser rentable. Cuando las agencias estatales para la comercialización
de granos básicos son sustituidas por comerciantes privados, quienes prefieren
importaciones baratas o comprar a los hacendados ricos, los pequeños agricultores
ya no encuentran compradores para lo que producen. Estas son por tanto las verdaderas
causas de la baja productivi-dad. De hecho en muchas partes del Tercer Mundo,
en especial en Africa, hoy los campesinos están produciendo mucho menos de lo
que podrían producir con la tecnología y el conocimiento que ya tienen, porque
no hay incentivos para que lo hagan: los precios son demasidado bajos y hay
pocos compradores. Ninguna semilla nueva, buena o mala, puede cambiar eso, por
lo cual resulta poco probable que sin los cambios estructurales que se necesitan
urgentemente en materia de acceso a la tierra y políticas agrícolas y comerciales,
la ingeniería genética pueda tener algún impacto en la producción de alimentos
entre los agricultores más pobres (Lappé et al., 1998; también el debate entre
McGloughlin, 1999b y Altieri y Rosset, 1999a,b).
Visto desde esa perspectiva, debería quedar claro que en el mejor de los casos
la ingeniería genética es tangencial a las condiciones y necesidades de los
campesinos y agricultores familiares que dice que se propone ayudar, ya que
de ninguna manera se dirige a los principales obstáculos que enfren-tan. Pero
que sea tangencial no quiere decir que sea 'mala'. Por eso es necesario dilucidar
la cuestión siguiente: ¿los cultivos manipulados por la ingeniería genética
son simplemente irrelevante para los pobres, o pueden de hecho significar una
amenaza para ellos? Primero debemos tener claro las ac-tuales circunstancias
en que se lleva a cabo la producción campesina.
Una agricultura compleja, diversa y expuesta a riesgos
Debido a que los campesinos y agricultores familiares, tal como ya he descrito,
han sido histórica-mente desplazados a zonas marginales caracterizadas por estar
en terrenos quebrados, en cuestas y laderas, con lluvias irregulares, poca irrigación
y/o poca fertilidad del suelo; y porque son víctimas de políticas nacionales
y globales contra los pobres y los campesinos, su agricultura necesariamente
es compleja, diversa y expuesta a muchos riesgos (Chambers, 1990).
Para poder sobrevivir en semejantes circunstancias, y mejorar su nivel de vida,
deben ser capaces de adaptar las tecnologías agrícolas a sus propias circunstancias
específicas, en términos de microcli-mas, topografía, tierras, biodiversidad,
sistemas de cosecha, inserción en el mercado, recursos, etc. Por esa razón,
a través de los siglos, los agricultores han desarrollado complejos sistemas
de cultivo y de sustento que contrapesan los riesgos - sequías, falta de mercados,
plagas, etc.- con factores como más disponibilidad y aporte de mano de obra,
menor necesidad de inversión, diversidad de fuentes para cubrir las necesidades
nutricionales, adaptación a la variabilidad en cada estación, etc. Sus sistemas
de cosechas se caracterizan, generalmente, por múltiples cultivos anuales y
perma-nentes incluyendo forrajes, cría de animales, hasta pescado y diferentes
productos silvestres reco-lectados (Chambers, 1990).
Repitiendo los errores de la investigación desde arriba
Ese tipo de agricultores rara vez se ha beneficiado de la investigación formal
desde arriba que hacen las instituciones y de las tecnologías de la 'revolución
verde' (Chambers, 1990; Lappé et al, 1998). Cualquier nueva estrategia para
abordar de manera efectiva el problema de la productividad y la pobreza rural,
tiene que satsfacer sus necesidades en múltiples variedades apropiadas. Por
lo gene-ral, los campesinos y pequeños agricultores siembran en su tierra muchas
variedades diferentes, adaptando su elección a las características de cada parcela,
si tiene buen o mal drenajee, si es más o menos fértil, etc. Sin embargo, no
es fácil desarrollar tales variedades con los actuales métodos de investigación
y de extensión agrícola -que son las mismas estructuras que los proponentes
de la biotecnología quieren usar para introducir las variedades genéticamente
modificadas.
Los métodos de investigación formal no son capaces de manejar la vasta complejidad
de condicio-nes físicas y socioeconómicas en la mayoría de la agricultura del
Tercer Mundo. Esto proviene de la discrepancia entre investigación jerárquica
y sistemas de extensión por un lado - que valoran la producción del monocultivo
por encima de todas las demás cosas - y la complejidad de las realida-des rurales
por otro. El resultado de ese desajuste es que al producir nuevas tecnologías
se reducen de la óptica numerosas variables muy importantes para los campesinos.
Medidas en unas pocas variables, los investigadores sacan la conclusión que
las nuevas semillas son mejores que las anti-guas, y se sienten desconcertados
cuando ven que son pocos los agricultores que se entusiasman con ellas (Chambers,
1990).
La verdad es que las semillas tienen múltiples características que no se pueden
captar simplemente midiendo el rendimiento, por muy importante que sea esta
medida, y los agricultores familiares tienen múltiples requerimientos específicos
para sus semillas, según el lugar donde las usan, y no únicamente el alto rendimiento
prometido en condiciones controladas que en general ellos no dis-ponen. Esa
multiplicidad de variables y sistemas de adaptación que tienen en cuenta al
elegir y criar sus semillas, es el polo opuesto de los procedimientos formales
de selección genética, donde las variedades son seleccionadas en forma individual
por ciertos rasgos aislados, y luego son cruzadas para combinar esos rasgos
individuales. De acuerdo con Jiggins et al. (1996), los ensayos con va-riedades
de alto rendimiento en los países Subsaharianos, muestran "variaciones mayores,
tanto en semillas 'tradicionales' como 'mejoradas', entre agricultores y entre
diferentes años, que las diferen-cias medias observadas entre semillas 'tradicionales'
y 'mejoradas' en un mismo año. De hecho hay abrumadora evidencia en toda el
Africa al sur del Sahara que la respuesta de rendimiento a los fer-tilizantes
y a las variedades mejoradas, el manejo de suelos y otras prácticas, dependen
en gran me-dida del lugar, las tierras, la estación y el agricultor a cargo."
Dadas esas experiencias la conclusión inevitable es que es esencial tomar un
camino diferente: la selección participativa de semillas organizada por los
mismos campesinos, que tenga en cuenta las múltiples características tanto de
la variedad de semilla como de agricultores y agricultoras. Senci-llamente,
no se puede diseñar semillas milagrosas en laboratorios y centros de investigación,
y luego distribuirlas sin más entre los campesinos (Chambers, 1990). La ingeniería
genética es la antítesis de una investigación participativa, dirigida por los
agricultores. Quienes proponen las va-riedades genéticamente modificadas están
repitiendo el mismo error verticalista que hizo que la primera generación de
variedades de semilla de "alto rendimiento" producidas por la 'revolución verde',
encontrara poca aceptación entre los agricultores más pobres.
No obstante muchos podrían argumentar que la posibilidad de reforzar la calidad
nutricional de los pobres, pesa más que las preocupaciones expuestas. Por ejemplo,
en el caso del famoso 'arroz dora-do' que fue manipulado genéticamente para
contener un beta-caroteno adicional, precursor de la vitamina A.
El arroz dorado
El arroz enriquecido con vitamina A fue presentado en sociedad por la revista
Science, en su edi-ción de agosto de 1999. Esta variedad de arroz manipulado
genéticamente produce beta-caroteno en su endosperma, dándole la pigmentación
amarilla característica que le ganó el nombre de 'arroz dorado'. Toda la investigación
y desarrollo de esta variedad se realizó con fondos de la Fundación Rockefeller
y la Unión Europea y, puesto que se hizo fuera del ámbito empresarial privado,
el 'arroz dorado' se ha convertido en la herramienta perfecta y oportuna de
relaciones públicas que tanto necesitaban los promotores de la ingeniería genética.
La desnutrición, ocasionada por insuficiencias de ciertas vitaminas y minerales,
afecta aproxima-damente al 40% de la población mundial, particularmente a las
mujeres y los niños. Paradójica-mente, la mayor parte de la población que sufre
desnutrición por insuficiencia de micronutrientes vive en el sur del Asia, donde
existe gran variedad de fuentes naturales de micronutrientes en las frutas y
verduras de origen local. La insuficiencia de vitamina A (IVA) constituye una
de las causas principales de la desnutrición por insuficiencia de micronutrientes
en los países en vías de desarro-llo. La importancia de la vitamina A en la
prevención de la ceguera está históricamente reconocida y, más recientemente,
se ha descubierto el papel que desempeña en apoyo al combate de las infec-ciones.
La vitamina A ayuda a prevenir enfermedades como la diarrea, las enfermedades
respirato-rias, la tuberculosis, la malaria, las infecciones a los oídos, y
también ayuda a prevenir la transmi-sión del SIDA de madre a hijos. Según la
Organización Mundial de la Salud (OMS), hay cerca de 2,8 millones de niños menores
de cinco años en el mundo que presentan síntomas clínicos de una insuficiencia
severa de vitamina A denominada xeroftalmia.
Fuente: GRAIN: Biotecnología: El caso de la vitamina A: ¿Ingeniería genética
para combatir la desnutrición? www.grain.org/sp/publications/biodiv232-sp.cfm,
marzo de 2000.
¿Mejor nutrición?
La propuesta de que el arroz genéticamente alterado es la manera correcta de
enfrentar la condición en que se encuentran dos millones de niños con riesgo
de padecer ceguera inducida por una defi-ciencia de vitamina A, revela una tremenda
ingenuidad acerca de la realidad y las causas de la des-nutrición de vitaminas
y micronutrientes. Si reflexionamos sobre los modelos de desarrollo y nutri-ción,
con facilidad nos damos cuenta de que la deficiencia de vitamina A no debe catalogarse
tanto como un problema, sino más bien como un síntoma, una advertencia si se
quiere. Nos advierte que hay una insuficiencia alimentaria más amplia, asociada
tanto con la pobreza, como con el cambio de sistemas agrícolas de diversos cultivos
al monocultivo del arroz. La gente no padece una deficiencia de vitamina A porque
el arroz contenga poca vitamina A, o poco beta-caroteno, sino porque su dieta
se ha reducido al arroz y casi a nada más, por lo que sufren otra serie de deficiencias
vitamínicas y alimentarias, que no pueden ser subsanadas por el beta-caroteno,
pero que sí pudieran ser subsana-das, junto con la deficiencia de vitamina A,
por una dieta más variada. La rápida solución mágica que introduce beta-caroteno
al arroz -con potenciales riesgos de salud y ecológicos- mientras deja intacta
los problemas de pobreza, dietas insuficientes y el monocultivo, no parece poder
hacer una contribución durable al bienestar de los afectados. Para usar las
palabras de la Dra. Vandana Shiva: tal aproximación evidencia ceguera ante las
sencillas soluciones disponibles para evitar la ceguera inducida por la deficiencia
de la vitamina A, que incluyen muchas frondosas plantas fáciles de en-contrar,
que si se introducen o reintroducen en la dieta proporcionan tanto el beta-caroteno
requeri-do, como otras vitaminas y micronutrientes faltantes (Altieri and Rosset,
1999a,b; ActionAid, 1999; Mae-Wan Ho, 2000).
No obstante está claro que el armatoste biotecnológico está avanzando a toda
velocidad. ¿Cuáles son, entonces, los riesgos asociados con la introducción
'forzosa' de variedades transgénicas (gene-radas por la ingeniería genética)
en circunstancias complejas, diversas y expuestas a los riesgos?
Riesgos para los campesinos y agricultores familiares
Cuando las variedades transgénicas se emplean en sistemas agrícolas diversificados,
los riesgos son mucho mayores que los que se corren en los sistemas a gran escala
de la revolución verde, propie-dad de agricultores ricos, o en los sistemas
agrícolas de las naciones industrializadas. El fracaso conocido de las cosechas
transgénicas (por ej. quiebre de tallos, desprendimiento de vainas, etc.) plantea
riesgos económicos que pueden afectar mucho más severamente a los agricultores
pobres que a los ricos. Si los consumidores rechazan sus productos, los riesgos
económicos son más eleva-dos mientras más pobre sea el productor. Asimismo,
los altos costos de los cultivos genéticamente modificados introducen en el
sistema una desventaja adicional para los agricultores pobres (Altieri and Rosset,
1999a,b).
Las variedades transgénicas más comunes de que se dispone en la actualidad,
son las tolerantes a herbicidas patentados y las que contienen genes insecticidas.
Para los campesinos, los cultivos tole-rantes a herbicidas tienen poco sentido,
ya que siembran diversas mezclas de cultivos y especies de forrajes, de modo
que tales químicos destruirían componentes claves de sus sistemas de cultivo
(Altieri and Rosset, 1999a,b).
Las plantas transgénicas que producen sus propios insecticidas - usando por
lo común el gene 'Bt' , se basan el mismo paradigma que los plaguicidas, que
rápidamente está fracasando debido a la re-sistencia que las plagas crean ante
los éstos. En lugar del modelo "una plaga - un ingrediente quími-co", que ha
fracasado, los ingenieros genéticos proponen el modelo "una plaga - un gen",
cuyo fra-caso se ha mostrado una y otra vez en las pruebas de laboratorio, debido
a la rapidez con que las distintas especies de insectos se adaptan y desarrollan
resistencias al plaguicida que encuentran en las plantas. Los cultivos con Bt
violan el principio básico y ampliamente aceptado del "manejo in-tegrado de
plagas" (MIP), que asegura que cualquier tecnología basada en el manejo de una
sola plaga, tiende a desencadenar cambios en las especies de plagas o a desarrollar
resistencias, a través de uno o más mecanismos. En general, mientras más grande
sea la presión selectiva en tiempo y espacio, más rápida y profunda será la
respuesta evolutiva de las plagas. Por eso, la estrategia MIP utiliza múltiples
mecanismos de control de las plagas, y únicamente usa un mínimo de plaguicidas
como último recurso. Una razón obvia para adoptar este principio es que reduce
la exposición de las plagas a los plaguicidas, retardando la evolución de las
resistencias. Pero cuando el producto se introduce genéticamente en la misma
planta, la exposición de las plagas crece de un mínimo y en algunas ocasiones,
a una exposición máxima, masiva y continua, acelerando en forma dramática las
resistencias. La mayor parte de los entomólogos están de acuerdo en que muy
pronto el gen Bt se va a volver inservible, ya que las plagas rápidamente se
vuelven resistentes. En los Estados Unidos, la Agencia de Protección del Medio
Ambiente (EPA) ha ordenado que los agricultores dejen una cierta proporción
de sus campos donde no se deben sembrar variedades Bt ,como 'refugio', con el
fin de hacer más lento el ritmo de evolución de la resistencia de los insectos.
Sin embargo parece casi totalmente improbable que los campesinos y pequeños
agricultores del Tercer Mundo, puedan mantener esos refugios, lo cual significaría
que en tales circunstancias la resistencia al Bt podría producirse mucho más
rápidamente (Altieri and Rosset, 1999a,b).
Al mismo tiempo, el uso de cultivos con Bt afecta a organismos y procesos ecológicos
que no son el objetivo para el que han sido diseñados. Hay evidencias recientes
que muestra que la toxina Bt pue-de afectar a insectos predadores benéficos,
que se alimentan de insectos plagas presentes en los cultivos con Bt, y que
otros insectos no dañinos también pueden morir como resultado de la disemi-nación
de polen de plantas con Bt por el viento hacia la vegetación silvestre presente
en los alrede-dores de los campos transgénicos. Los pequeños agricultores dependen
de una rica variedad de pre-dadores y parásitos benéficos, asociados a sus sistemas
de cultivos intercalados, para el control de los insectos plagas. Pero el efecto
sobre estos enemigos naturales levanta serias preocupaciones acerca del daño
potencial que puede causar la ruptura del control natural de las plagas, en
la medida en que los predadores polífagos, que se mueven dentro de los límites
de los cultivos mixtos y entre dichos cultivos, encontrarán a lo largo de toda
la temporada presas no-dañinas que hayan ingerido Bt. La ruptura de los mecanismos
de control biológico natural puede conducir a pérdidas crecientes de la cosecha
debido a las plagas, o a un incremento en el uso de plaguicidas por parte de
los agri-cultores, con sus correlativos riesgos de salud y ambientales. (Altieri
and Rosset, 1999a,b).
El Bt conserva sus propiedades insecticidas después de que los residuos de la
cosecha han sido rein-corporados a la tierra arada, quedando además protegido
contra la degradación microbiana por en-contrarse metido dentro de partículas
del suelo. Puede persistir de esa manera en diversos suelos hasta por 234 días.
Este hecho produce una honda preocupación entre los agricultores pobres, que
no pueden comprar fertilizantes químicos caros, y que por el contrario cuentan
con los residuos locales, materia orgánica y microorganismos de la tierra (invertebrados,
especies fúnguicas y bacte-rianas) para mantener la fertilidad de la misma.
Esta puede ser afectada por la toxina que queda impregnada en el suelo (Altieri
and Rosset, 1999a,b).
¿Qué podrían hacer los campesinos en caso de que fallaran los genes Bt? Es muy
posible que tuvie-ran que enfrentar una reactivación seria de las poblaciones
de plagas, liberadas del control natural debido al impacto del Bt en los predadores
y parasitoides, así como una reducción de la fertilidad de la tierra debido
al impacto de los residuos de las cosechas tratadas con Bt en la tierra arada
(Altieri and Rosset, 1999a,b). Se trata de agricultores que ya están expuestos
a riesgos, y los cultivos con Bt aún los aumentarían aún más.
Es característico de muchas partes del Tercer Mundo que exista un número mayor
de plantas sil-vestres sexualmente compatibles con los cultivos agrícolas, lo
que hace más probable que las pro-piedades de los insecticidas, la resistencia
a los virus y otras particularidades creadas por la ingenie-ría genética, se
transmitan por el polen a poblaciones de malezas, teniendo posiblemente impactos
en la cadena alimentaria y causando super-malezas. Con el lanzamiento masivo
de cultivos transgé-nicos, se espera que esos impactos se multipliquen aceleradamente,
en particular en los países en vías del Sur que constituyen centros de diversidad
genética. En estos ambientes agrícolas biodiver-sos, es de esperarse que sea
mayor la transferencia de genes de los cultivos transgénicos a poblacio-nes
silvestres, así como a sus parientes cercanos y a las variedades criollas del
mismo cultivo. En los agroecosistemas tradicionales el intercambio genético
entre los cultivos y sus parentes silvestres es común, por lo que es seguro
que los cultivos genéticamente modificados encontrarán con fre-cuencia plantas
emparentadas que son sexualmente compatibles, y con variedades locales. En tales
ambientes el potencial de la "contaminación genética" resulta inevitable (Altieri
and Rosset, 1999a,b) tal como se ha visto con el caso del maíz en México.
Hay posibilidades de recombinación vectorial que produzca nuevas cepas muy agresivas
de virus, especialmente en plantas transgénicas que han sido manipuladas con
genes virales para volverse resistentes a los virus. En plantas que contienen
genes de la capa proteínica de los virus, existe la posibilidad de que dichos
genes sean ocupados por virus no emparentados que infecten la planta. En tales
situaciones, el gene extranjero cambia la estructura de la cobertura de los
virus, y le puede conferir propiedades tales como un rango de huéspedes distinto
o más amplio. Otro posible riesgo es que la recombinación entre un virus ARN
y un ARN viral dentro del cultivo transgénico, pueda producir un nuevo patógeno
que provoque problemas patológicos más severos. Algunos investiga-dores han
demostrado que en las plantas genéticamente modificadas ocurre recombinación
y que en determinadas condiciones producen una nueva familia viral, con un rango
distinto de hospederos (Altieri and Rosset, 1999a,b). Las pérdidas de cosechas
causadas por nuevos patógenos virales ten-drían un impacto más significativo
en la vida y sustento de los campesinos, que en la de los agr-ciultores ricos
cuya amplitud de recursos les permite sobrevivir las malas cosechas.
En suma, estos y otros riesgos parecen pesar más que los beneficios potenciales
para los campesinos agricultores familiares, y particularmente cuando consideramos
los factores que usualmente limitan sus posibilidades de mejorar sus niveles
de vida, y las alternativas agroecológicas, participativas y de empoderamiento
de que disponen (Altieri et al., 1998).
La parábola del Caracol Dorado
Lo que frena a esos agricultores no es la falta de tecnología, sino más bien
injusticias marcadas y desigualdades que obstaculizan su acceso a los recursos,
incluyendo el acceso a la tierra, al crédito, a mercados, etc., y otras parcialidades
de las políticas anti-pobres. En esas condiciones pareciera que los dos enfoques
con más sentido son los siguientes: 1) la adopción de tecnologías que favorez-can
una economía de pequeña escala en favor de los pobres, como la agroecología
(Altieri et al., 1998); y 2) la organización de movimientos sociales que sean
capaces de ejercer suficiente presión en las instituciones que impulsan las
políticas parcializadas a favor de los ricos. Los organismos genéticamente modificados
no parecen poder desempeñar en esto un papel útil.
Hace poco se le preguntó a un grupo de campesinos y campesinas de las Filipinas
lo que pensaban del arroz creado por la ingeniería genética: uno de sus dirigentes
respondió con lo que se podría llamar la 'Parábola del Caracol Dorado'. Desde
hace mucho tiempo los campesinos que cultivan arroz tienen en sus dietas un
complemento proteínico al alimentarse con caracoles que viven en los arrozales.
En la época de la dictadura de Marcos, su esposa, Imelda Marcos, tuvo la idea
de introdu-cir de América del Sur un caracol que se decía era más productivo
y, por tanto, un medio para ter-minar con el hambre y la desnutrición proteínica.
Pero a nadie le gustó el sabor, y el proyecto tuvo que ser abandonado. Mientras
tanto, los caracoles lograron escapar de sus criaderos y llevaron a las especies
locales de caracoles al borde de la extinción, eliminando de esa manera la principal
fuente tradicional de proteínas, obligando a que los campesinos aplicaran plaguicidas
tóxicos, para evitar que los caracoles se comieran las plantas de arroz jóvenes.
"De manera que cuando nos preguntas qué pensamos del nuevo arroz creado por
la ingeniería genética, la respuesta es fácil", dijo el diri-gente. "Son otro
caracol dorado" (Rosset, 1999; Delforge, 2000).
La próxima vez que oigamos hablar del último 'descubrimiento mágico' para beneficio
de los po-bres, desarrollado altruistamente en laboratorios de los consorcios
privados, haríamos bien en re-cordar esta parábola, y tener en mente las verdaderas
causas del hambre, la pobreza y la dsiminu-ción de la productividad agrícola
en el Tercer Mundo.
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