[ home ] [ courses ] [ current research ] [ what is agroecology ]
[ project and projet leader ] [ research programs and NGOs ] [ related Links ]


Biotecnología agrícola: Mitos, Riesgos Ambientales y Alternativas

Miguel A. Altieri

Universidad de California, Berkeley

© PED-CLADES / FOOD FIRST, Oakland, California.

 

Publicación financiada por:

Foundation for Deep Ecology y Fred Gellert Family Foundation (San Francisco, California).


Tabla de Contenidos

 

 

Introducción

 

Antecedentes

 

Capítulo Uno: La Biotecnología, el Hambre en el Mundo y el Bienestar de los Agricultores

                        Poblaciones hambrientas en medio de la abundancia

                        ¿Qué hay sobre el arroz dorado?

                        ¿La biotecnología aumenta los rendimientos?

                        ¿Cuál es el costo para los agricultores de los Estados Unidos?

                        ¿La biotecnología beneficiará a los agricultores pobres?

 

Capítulo Dos: Cultivos Genéticamente Modificados y la Salud Humana

¿Los cultivos transgénicos son similares a los cultivos mejorados?

¿Los cultivos transgénicos se pueden comer?

 

Capítulo Tres:  Biotecnología, Agricultura y Medio Ambiente

 

El impacto de los cultivos resistentes a herbicidas

Los herbicidas matan más que las malezas

Creación de "supermalezas"

 

                          Riesgos Ambientales de los Cultivos Resistentes a Insectos         

Resistencia

Efectos sobre otras especies

Hacia la adopción del principio de la precaución

 

Capítulo Cuatro: Existen Alternativas Más Sostenibles

¿Qué es agroecología?

Historias exitosas en América Latina

Agricultura orgánica

¿Qué se necesita?

 

Glosario

 

Recursos

 

Bibliografía

 

 

                       

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Antecedentes

 

Hasta hace unas cuatro décadas, los rendimientos agrícolas en los Estados Unidos se basaban en los recursos internos, el reciclaje de la materia orgánica, mecanismos de control biológico y patrones de lluvias. Los rendimientos agrícolas eran modestos pero estables. La producción estaba salvaguardada porque en el campo se cultivaba más de un producto o variedad en el tiempo y el espacio, como un seguro contra la aparición de plagas o la severidad climática. El nitrógeno del suelo era restablecido por la rotación de los principales cultivos con leguminosas. Las rotaciones destruían insectos, malezas y enfermedades gracias a la ruptura efectiva de los ciclos de vida de estas plagas. Un típico agricultor de maíz sembraba maíz en rotación con diversos cultivos, como soya, y la producción de granos menores era intrínseca para mantener ganado en la finca.  La mayor parte del trabajo lo hacía la familia, que era dueña de la finca, con ayuda externa ocasional. No se compraba equipo ni se usaban insumos externos (Altieri 1994; Audirac 1997).

 

En el mundo en desarrollo, los pequeños agricultores impulsaron sistemas agrícolas aun más complejos y biodiversos, guiados por un conocimiento indígena que ha superado la prueba del tiempo (Thrupp 1998). En este tipo de sistemas, la conexión entre agricultura y ecología era bastante fuerte y rara vez se evidenciaban signos de degradación ambiental.

 

Pero conforme la modernización agrícola avanzó, la conexión ecología-sistema agrícola fue destruida, ya que los principios ecológicos fueron ignorados u omitidos. El lucro, y no las necesidades de la gente o la preocupación por el ambiente, determinó la producción agrícola. Los intereses de los agronegocios y las políticas prevalecientes favorecieron las grandes fincas, la producción especializada, el monocultivo y la mecanización.

 

Hoy el monocultivo ha aumentado de manera drástica en todo el mundo, principalmente a través de la expansión geográfica anual de los terrenos dedicados a cultivos individuales. El monocultivo implicó la simplificación de la biodiversidad, dando como resultado final un ecosistema artificial que requiere constante intervención humana bajo la forma de insumos agroquímicos, los cuales, además de mejorar los rendimientos sólo temporalmente, dan como resultado altos costos ambientales y sociales no deseados. Conscientes de tales impactos, muchos científicos agrícolas han llegado al consenso general de que la agricultura moderna se enfrenta a una severa crisis ecológica (Conway y Pretty 1991).

 

La pérdida anual en rendimientos debida a plagas en muchos cultivos (que en la mayoría llega hasta el 30 por ciento), a pesar del aumento sustancial en el uso de pesticidas (alrededor de 500 millones de kg de ingrediente activo en todo el mundo), es un síntoma de la crisis ambiental que afecta la agricultura. Las plantas cultivadas que crecen como monocultivos genéticamente homogéneos no poseen los mecanismos ecológicos de defensa necesarios para tolerar el impacto de las poblaciones epidémicas de plagas (Altieri 1994).

 

Cuando estos modelos agrícolas se exportaron a los países del Tercer Mundo a través de la llamada Revolución Verde, se exacerbaron aún más los problemas ambientales y sociales. La mayor parte de agricultores de escasos recursos de América Latina, Asia y Africa ganaron muy poco en este proceso de desarrollo y transferencia de tecnología de la Revolución Verde, porque las tecnologías propuestas no fueron neutras en cuanto a escala. Los agricultores con tierras más extensas y mejor mantenidas ganaron más, pero los agricultores con menores recursos que viven en ambientes marginales perdieron con mayor frecuencia y la disparidad de los ingresos se vio acentuada (Conway 1997).

 

El cambio tecnológico ha favorecido principalmente la producción y/o exportación de cultivos comerciales producidos, sobre todo, por el sector de las grandes fincas, con un impacto marginal en la productividad de los cultivos para la seguridad alimentaria, mayormente en manos del sector campesino (Pretty 1995). En las áreas donde se realizó el cambio progresivo de una agricultura de subsistencia  a otra de economía monetaria, se pusieron en evidencia gran cantidad de problemas ecológicos y sociales: pérdida de autosuficiencia alimentaria, erosión genética, pérdida de la biodiversidad y del conocimiento tradicional, e incremento de la pobreza rural (Conroy et al 1996).

 

Para sostener tales sistemas agroexportadores, muchos países en desarrollo se han convertido en importadores netos de insumos químicos y maquinaria agrícola, aumentando así los gastos gubernamentales y exacerbando la dependencia tecnológica. Por ejemplo, entre 1980 y 1984 América Latina importó cerca de US$430 millones en pesticidas y unas 6.5 millones de toneladas de fertilizantes (Nicholls y Altieri 1997). Este uso masivo de agroquímicos condujo a una enorme crisis ambiental de proporciones sociales y económicas inmensurables.

 

Lo irónico es el hecho de que los mismos intereses económicos que promovieron la primera ola de agricultura basada en agroquímicos están ahora celebrando y promoviendo la emergencia de la biotecnología como la más reciente varita mágica. La biotecnología, dicen, revolucionará la agricultura con productos basados en los métodos propios de la naturaleza, logrando una agricultura más amigable para el ambiente y más lucrativa para los agricultores, así como más saludable y nutritiva para los consumidores (Hobbelink 1991).

 

La lucha global por conquistar el mercado está conduciendo a las grandes corporaciones a producir plantas desarrolladas con ingeniería genética (cultivos transgénicos) en todo el mundo (más de 40 millones de hectáreas en 1999) sin las apropiadas pruebas previas de impacto sobre la salud humana y los ecosistemas, a corto y largo plazo. Esta expansión ha recibido el apoyo de acuerdos de comercialización y distribución realizados por corporaciones y  marketeros (por ejemplo Ciba Seeds con Growmark y Mycogen Plant Sciences con Cargill) debido a la falta de reglamentación en muchos países en desarrollo.

 

Es Estados Unidos las políticas del Food and Drug Organization (FDA) y la Environmental Protection Agency (EPA) consideran a los cultivos modificados genéticamente "sustancialmente equivalentes" a los cultivos convencionales. Estas políticas han sido desarrolladas en el contexto de un marco regulador inadecuado y en algunos casos inexistente.

 

Las corporaciones de agroquímicos, las cuales controlan cada vez más la orientación y las metas de la innovación agrícola,  sostienen que la ingeniería genética mejorará la sostenibilidad de la agricultura al resolver los muchos problemas que afectan a la agricultura convencional y librará al Tercer Mundo de la baja productividad, la pobreza y el hambre.

 

Comparando mito y realidad, el objetivo de este libro es cuestionar las falsas promesas hechas por la industria de la ingeniería genética. Ellos han prometido que los cultivos producidos por ingeniería genética impulsarán la agricultura lejos de la dependencia en insumos químicos, aumentarán la productividad, disminuirán los costos de insumos y ayudarán a reducir los problemas ambientales (Oficina de Evaluación Tecnológica 1992). Al cuestionar los mitos de la biotecnología, aquí se muestra a la ingeniería genética como lo que realmente es: otro enredo tecnológico o "varita mágica" destinado a entrampar los problemas ambientales de la agricultura (que son el producto de un enredo tecnológico previo) sin cuestionar las suposiciones defectuosas que ocasionaron los problemas la primera vez (Hindmarsh 1991).  La biotecnología promueve soluciones basadas en el uso de genes individuales para los problemas derivados de sistemas de monocultivo ecológicamente inestables diseñados sobre modelos industriales de eficiencia. Tal enfoque unilateral y reduccionista ya ha probado que no es ecológicamente sólido en el caso de los pesticidas, enfoque que también adoptó un enfoque similar, usando el paradigma "un químico-una plaga" comparable al enfoque "un gen-una plaga" promovido por la biotecnología (Pimentel et al. 1992).

 

La agricultura industrial moderna, hoy convertida en epítome por la biotecnología, se basa en una premisa filosófica que es fundamentalmente errónea y que necesita ser expuesta y criticada para avanzar hacia una agricultura verdaderamente sostenible. Esto es particularmente relevante en el caso de la biotecnología, donde la alianza de la ciencia reduccionista y la industria multinacional monopolizadora llevan a la agricultura por un camino equivocado. La biotecnología percibe los problemas agrícolas como deficiencias genéticas de los organismos y trata a la naturaleza como una mercancía, y en el camino hace a los agricultores más dependientes de un sector de agronegocios que concentra cada vez más su poder sobre el sistema alimentario.


La Biotecnología, El Hambre en el Mundo y el Bienestar de los Agricultores

 

Poblaciones hambrientas en medio de la abundancia

 

Las compañías de biotecnología sostienen que los organismos genéticamente modificados (GMOs en inglés) -específicamente las semillas genéticamente alteradas- son hallazgos científicos necesarios para alimentar al mundo y reducir la pobreza en los países en desarrollo. La mayoría de las organizaciones internacionales encargadas de la política y la investigación para el mejoramiento de la seguridad alimentaria en el mundo en desarrollo hacen eco de este punto de vista. Este punto se basa en dos suposiciones críticas: que el hambre se debe a una brecha entre la producción de alimentos y la densidad de la población humana o la tasa de crecimiento; y que la ingeniería genética es la única o la mejor forma de incrementar la producción agrícola y por lo tanto cubrir las futuras necesidades de alimento.

 

Un punto inicial para aclarar estas falsas concepciones es entender que no hay una relación entre la presencia del hambre en un país determinado y su población. Por cada nación hambrienta y densamente poblada como Bangladesh o Haití, hay un país escasamente poblado y hambriento como Brasil o Indonesia. El mundo hoy produce más alimentos por habitante que nunca antes. Hay suficiente alimento disponible para proveer 4,3 libras por persona cada día: 2,5 libras de granos, frijoles y nueces; alrededor de una libra de carne, leche y huevos y otra de frutas y verduras (Lappe et al. 1998).

 

En 1999 se produjo suficiente cantidad de granos en el mundo para alimentar una población de ocho mil millones de personas (seis mil millones habitaron el planeta en el 2000), si estos se distribuyeran equitativamente o no se dieran como alimento a los animales. Siete de cada diez libras de granos se usan para alimentar animales en Estados Unidos. Países como Brasil, Paraguay, Tailandia e Indonesia dedican miles de acres de tierras agrícolas a la producción de soya y yuca para exportar a Europa como alimento del ganado. Canalizando un tercio de los granos producidos en el mundo hacia la población hambrienta y necesitada, el hambre cesaría instantáneamente (Lappe et al. 1998).

 

El hambre también ha sido creado por la globalización, especialmente cuando los países en desarrollo adoptan las políticas de libre comercio recomendadas por agencias internacionales (reduciendo los aranceles y permitiendo el flujo de los productos de los países industrializados). La experiencia de Haití, uno de los países más pobres del mundo, es ilustrativa. En 1986 Haití importó sólo 7,000 toneladas de arroz, porque la mayor parte se producía en la isla. Cuando abrió su economía al mundo, los inundó un arroz más barato proveniente de los Estados Unidos, donde la industria del arroz es subsidiada. En 1996, Haití importó 196,000 toneladas de arroz foráneo al costo de US$ 100 millones anuales. La producción de arroz haitiano se volvió insignificante cuando se concretó la dependencia en el arroz extranjero. El hambre se incrementó (Aristide 2000).

 

Las causas reales del hambre son la pobreza, la desigualdad y la falta de acceso a los alimentos y a la tierra. Demasiada gente es muy pobre (alrededor de dos mil millones sobreviven con menos de un dólar al día) para comprar los alimentos disponibles (a menudo con una pobre distribución) o carecen de tierras y los recursos para sembrarla (Lappe et al. 1998). Porque la verdadera raíz del hambre es la desigualdad, cualquier método diseñado para reforzar la producción de alimentos, pero que agudice esta desigualdad, fracasará en reducir el hambre. Por el contrario, sólo las tecnologías que tengan efectos positivos en la distribución de la riqueza, el ingreso y los activos, que estén a favor de los pobres, podrán en realidad reducir el hambre. Afortunadamente tales tecnologías existen y pueden agruparse bajo la disciplina de la agroecología, cuyo potencial es ampliamente demostrado y analizado más profundamente a lo largo de este libro (Altieri et al. 1998; Uphoff y Altieri 1999).

 

Atacando la desigualdad por medio de reformas agrarias se mantiene la promesa de un aumento de la productividad que sobrepasa el potencial de la biotecnología agrícola. Mientras que los defensores de la industria hacen una promesa de 15, 20 e incluso 30 por ciento de aumento de los rendimientos por la biotecnología, los pequeños agricultores producen hoy de 200 a 1,000 por ciento más por unidad de área que las grandes fincas a nivel mundial (Rosset 1999). Una estrategia clara para tomar ventaja de la productividad de las pequenas fincas es impulsar reformas agrarias que reduzcan las  grandes propiedades ineficientes e improductivas a un tamano pequeño óptimo,  y asi proporcionar las bases para el incremento de la producción  en fincas de pequenos agricultores, incrementos ante los cuales empalidecería la publicitada promesa productiva de la biotecnología.

 

Es importante entender que la mayor parte de innovaciones en la biotecnología agrícola se orientan a las ganancias más que a las necesidades. El verdadero motor de la industria de la ingeniería genética no es hacer la agricultura más productiva, sino generar mayores ingresos (Busch et al. 1990). Esto se ilustra revisando las principales tecnologías del mercado de hoy: (1) cultivos resistentes a los herbicidas, tales como la Soya Ready Roundup de Monsanto, semillas que son tolerantes al herbicida Roundup de Monsanto, y (2) los cultivos Bt (Bacillus thuringiensis) que han sido desarrollados por ingeniería genética para producir su propio insecticida. En el primer caso, la meta es ganar más participación de mercado de los herbicidas para un producto exclusivo, y en el segundo, aumentar las ventas de semillas aun a costa de dañar la utilidad de un producto clave para el manejo de plagas (el insecticida microbiano a base de Bt) en el que confían muchos agricultores, incluyendo a la mayoría de agricultores de cultivos orgánicos, como una poderosa alternativa a los insecticidas.

 

Estas tecnologías responden a la necesidad de las compañías de biotecnología de intensificar la dependencia de los agricultores en semillas protegidas por la llamada "propiedad intelectual" que entra en conflicto directamente con los antiguos derechos de los agricultores a reproducir, compartir o almacenar semillas (Fowler y Mooney 1990).  Cada vez que pueden, las corporaciones obligan a los agricultores a comprar una marca de insumos de la compañía y les prohiben guardar o vender la semilla. Si los agricultores de los Estados Unidos adoptan soya transgénica, deben firmar un acuerdo con Monsanto. Si siembran soya transgénica al año siguiente, la multa es de unos $3,000 por acre, dependiendo del área. Esta multa puede costarle al agricultor su finca, su hogar. Controlando el germoplasma desde la producción de semillas hasta su venta y obligando a los agricultores a pagar precios inflados por paquetes de semillas-químicos, las compañías están decididas a extraer el máximo beneficio de su inversión (Krimsky y Wrubel 1996).

 

¿Qué hay del arroz dorado?

 

Los científicos que apoyan la biotecnología y están en desacuerdo con la afirmación que la mayor parte de la investigación en biotecnología está basada en el lucro más que en la necesidad, usan como parte de su retórica humanitaria, el recientemente desarrollado, pero todavía no comercializado, arroz dorado. Este arroz experimental es rico en beta caroteno, el precursor de la vitamina A, que es un producto nutritivo importante para millones de niños, especialmente en Asia, quienes sufren de deficiencia de Vitamina A que puede conducir a la ceguera.

 

Quienes han creado el arroz dorado dicen que este nuevo cultivo fue desarrollado con fondos públicos y que una vez que se demuestre su viabilidad en campos de cultivo, será distribuido gratuitamente entre los pobres. La idea de que un arroz genéticamente alterado es la forma apropiada de tratar la condición de dos millones de niños en riesgo de ceguera - inducida por la deficiencia de Vitamina A- revela una tremenda ingenuidad sobre las causas reales de la malnutrición por falta de vitaminas y micronutrientes. Si nos remitimos a los patrones de desarrollo y nutrición humanos, rápidamente nos damos cuenta que la deficiencia de Vitamina A no está caracterizada como un problema sino como un síntoma, una señal de alerta.  Nos alerta de mayores deficiencias asociadas tanto con la pobreza como con el cambio en la agricultura, desde sistemas de cultivo diversificados hacia monocultivos, promovido por la Revolución Verde.

 

La gente no presenta deficiencia de Vitamina A porque el arroz contiene muy poca Vitamina A, o beta caroteno, sino porque su dieta se reduce solamente a arroz y a casi nada más, y sufren de otras enfermedades nutricionales que no se pueden tratar con beta caroteno, pero que podrían ser tratadas, junto con la deficiencia de Vitamina A, con una dieta más variada. El arroz dorado debe ser considerado un intento unidimensional de reparar un problema creado por la Revolución Verde: el problema de la disminución de la variedad de cultivos y la diversidad en la dieta.

 

Una solución de "varita mágica" que coloca beta caroteno en el arroz -con potencial daño ecológico y a la salud-, al tiempo que deja intacta a la pobreza, las dietas pobres y el monocultivo extensivo, no puede hacer ninguna contribución duradera al bienestar. Usando la frase de Vandana Shiva, "un enfoque de esa naturaleza revela ceguera ante las soluciones sencillas disponibles para combatir la ceguera inducida por la deficiencia de Vitamina A, que incluye a muchas plantas, que cuando son introducidas (o reintroducidas) en la dieta proporcionan el beta caroteno y otras vitaminas y micronutrientes."

 

Aunque los vegetales silvestres han sido considerados periféricos en los hogares campesinos, su recolección como se practica actualmente en muchas comunidades rurales constituye un aditivo significativo a la nutrición y subsistencia de las familias campesinas. Dentro y fuera de la periferia de las pozas de arroz hay abundantes vegetales de hoja verde, silvestres y cultivados, ricos en vitaminas y nutrientes, muchos de los cuales son eliminados cuando los agricultores adoptan el monocultivo y los herbicidas asociados (Greenland 1997).

 

Los biotecnólogos en arroz no entienden las profundas tradiciones culturales populares que determinan las preferencias de alimentos entre la población asiática, especialmente el significado social e incluso religioso del arroz blanco. Es altamente improbable que el arroz dorado reemplace al arroz blanco que por milenios ha jugado variados papeles en aspectos nutricionales, culinarios y ceremoniales. No cabe duda que el arroz dorado sacudirá las tradiciones asociadas con el arroz blanco en la misma forma en que lo harían las papas fritas verdes o azules en las preferencias de la gente de los Estados Unidos.

 

Pero incluso si el arroz dorado ingresa en los platos de los pobres de Asia, no hay una garantía de que ello beneficiará a la gente pobre que no come alimentos ricos en grasas o aceites. El beta caroteno es soluble en grasas y su ingestión por el intestino depende de la grasa o aceite de la dieta. Aún más, las personas que sufren de desnutrición proteica y carecen de dietas ricas en grasas no pueden almacenar bien la Vitamina A en el hígado ni pueden transportarla a los diferentes tejidos corporales donde se requiere. Debido a la baja concentración de beta caroteno en el arroz milagroso, las personas tendrían que comer más de un kilogramo de arroz diario para obtener la ración diaria recomendada de Vitamina A.

 

¿Aumenta la biotecnología los rendimientos?

 

Un importante argumento propuesto por los biotecnólogos es que los cultivos transgénicos aumentarán significativamente el rendimiento de los cultivos. Estas expectativas han sido examinadas por el informe (1999) del Servicio de Investigación Económica (Economic Research Service, ERS) del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA), a partir de datos recolectados en 1997 y 1998 para 112 y 18 combinaciones región/cultivo de Estados Unidos. Los cultivos observados fueron maíz Bt y algodón, y maíz, algodón y soya tolerantes a herbicidas (HT), y su contraparte de cultivos convencionales.

 

En 1997 los rendimientos no mostraron diferencias significativas entre los cultivos con y sin ingeniería genética en 7 de las 12 combinaciones cultivo/región. Cuatro de las 12 regiones mostraron incrementos significativos (13-21 por ciento) en el rendimiento de las plantas con ingeniería (soya tolerante en tres regiones y algodón Bt en una región). El algodón tolerante a herbicidas en una región mostró una reducción significativa en el rendimiento (12 por ciento) comparado con su contraparte convencional.

 

En 1998 los rendimientos no tuvieron diferencias significativas entre cultivos con y sin ingeniería en 12 de 18 combinaciones cultivo/región. Cinco combinaciones (maíz BT en dos regiones, maíz HT en una región, algodón Bt en dos regiones) mostraron aumentos significativos en el rendimiento (5 a 30 por ciento) de las plantas con ingeniería, pero sólo bajo presión alta del barrenador europeo del maíz, que es esporádico. De hecho muchos entomologos piensan que la mayoria de los agricultores no se beneficiaran de las tecnologías Bt bajo niveles promedios de infestacion del gusano barrenador, dado que niveles poblacionales negativos de esta plaga se dan esporádicamente una vez cada 4- 8 anos.  El algodón tolerante a herbicidas (tolerante al glifosato o Roundup) fue el único cultivo con ingeniería que no mostró aumentos significativos en el rendimiento en ninguna de las regiones donde fue probado.

 

En 1999, investigadores del Instituto de Agricultura y Recursos Naturales de la Universidad de Nebraska plantaron cinco diferentes variedades de soya de Monsanto, junto con sus parientes convencionales más cercanos y las variedades tradicionales de más alto rendimiento en cuatro localidades del estado, usando tierras de secano y campos irrigados. En promedio, los investigadores encontraron que las variedades tratadas por ingeniería genética -aunque más costosas- producían seis por ciento menos que sus parientes cercanos sin ingeniería, y 11 por ciento menos que los cultivos convencionales de mayor rendimiento. Informes de Argentina muestran los mismos resultados de ausencia de un mejor rendimiento de la soya HT, la cual universalmente parece mostrar problemas de rendimiento.

 

Las pérdidas en el rendimiento se amplifican en cultivos como el maíz Bt donde se requiere que los agricultores dejen el 20 por ciento de su tierra como refugios de maíz no transgénico. Se espera que parcelas alternantes de maíz transgénico y no transgénico retarden la evolución de la resistencia a las plagas al proveer refugios a los insectos susceptibles a fin de que puedan cruzarse con insectos resistentes. Los cultivos en el refugio posiblemente sufran fuerte daño y de este modo los agricultores tendrán pérdidas en el rendimiento. Un refugio totalmente libre de pesticidas debe tener el 20 a 30 por ciento del tamaño de una parcela sometida a ingeniería, pero si se usan insecticidas, entonces el refugio debe tener alrededor del 40 por ciento del tamaño de la parcela biotecnológica porque asperjar con insecticidas incrementa el desarrollo de la resistencia al Bt (Mellon y Rissler 1999).

 

Si por el contrario se dedicara el 30 por ciento de los terrenos cultivables a plantar soya bajo un diseño de cultivos en franjas con maíz (como muchos agricultores alternativos hacen en el medio oeste), se obtendrían rendimientos de más del 10% que con los monocultivos comparativos de maíz y soya, al tiempo que se introducirían potenciales para la rotación interna en el campo donde los arreglos contorneados minimizan la erosión en las laderas (Ghaffarzadeh et al. 1999), Más aún, el barrenador europeo del maíz sería minimizado porque las poblaciones de esta plaga tienden a ser menores en los sistemas de cultivos mixtos y rotativos (Andow 1991).

 

En el caso del algodón no hay una necesidad demostrada de introducir la toxina Bt en el cultivo ya que la mayor parte de Lepidópteros (mariposas y polillas) que atacan este cultivo son plagas secundarias inducidas por los pesticidas. La mejor forma de enfrentarlas no es asperjando insecticidas sino usando el control biológico o técnicas culturales como la rotación o los cultivos alternados con alfalfa. En el sureste, la plaga clave es el gorgojo (boll weevil), inmune a la toxina Bt.

 

¿Cuáles son los costos para los agricultores americanos?

 

Para evaluar la economía de la finca y el impacto de los cultivos transgénicos en las fincas de los Estados Unidos, es bueno examinar la realidad que enfrentan los agricultores de Iowa, quienes viven en el corazón de las tierras del maíz y la soya transgénicos. Aunque las malezas son una preocupación, el problema real que ellos enfrentan es la caída de los precios de sus productos debido a la superproducción a largo plazo. De 1990 a 1998 el precio promedio de una tonelada métrica de soya disminuyó en 62 por ciento y los retornos de los costos descendieron de $532 a $182 por hectárea, una caída del 66 por ciento.  Frente a la caída de los retornos por hectárea los agricultores no tienen elección excepto "hacerse más grande o abandonar las tierras". Los agricultores sólo se podrán mantener en el negocio si incrementan el área de cultivo para compensar la caída en las ganancias por unidad de área. Cualquier tecnología que facilite el crecimiento será "adoptada", incluso si las ganancias de corto plazo son consumidas por los precios que continúan cayendo en la medida en que se expande el modelo agrícola industrial.

 

Para estos agricultores de Iowa la reducción de los retornos por unidad de tierra de cultivo ha reforzado la importancia de los herbicidas dentro del proceso productivo porque reducen el tiempo que dedican al cultivo mecanizado y permiten a un determinado agricultor sembrar más acres.  Una encuesta llevada a cabo entre los agricultores de Iowa en 1998 indicó que el uso de glifosato con variedades de soya resistentes al glifosato redujo los costos del control de malezas en cerca del 30 por ciento comparado con el manejo convencional de malezas para las variedades no transgénicas. Sin embargo, los rendimientos de la soya resistente al glifosato  fueron menores en cuatro por ciento y los retornos netos por unidad de área de terreno fueron casi idénticos en la soya resistente y en la convencional (Duffy 1999).

 

Desde el punto de vista de la conveniencia y la reducción de costos, el uso de herbicidas de amplio espectro en combinación con variedades resistentes a los herbicidas atrae a los agricultores. Tales sistemas combinan muy bien con las operaciones en gran escala, la producción sin labranza y los subcontratos para la aplicación de químicos. Sin embargo, desde el punto de vista de precios, cualquier fluctuación en el precio de las variedades transgénicas en el mercado empeorará el impacto de los actuales precios bajos. Tomando en consideración que las exportaciones americanas de soya a la Unión Europea decayeron de 11 millones de toneladas a seis millones en 1999 debido al rechazo de los consumidores europeos a los organismos genéticamente modificados (GMOs), es fácil predecir un desastre para los agricultores que dependen de los cultivos transgénicos. Las soluciones duraderas al dilema que enfrentan los agricultores de Iowa no vendrán de los cultivos tolerantes a los herbicidas sino de una reestructuración general de la agricultura del medio oeste (Brummer 1998).

 

La integración de las industrias de semillas y químicos puede acelerar el incremento de los gastos por hectárea de paquetes "semilla más químicos" trayendo retornos significativamente más bajos a los agricultores. Las compañías que desarrollan cultivos tolerantes a herbicidas están tratando de  desviar el mayor costo posible por acre desde los herbicidas hacia la semilla vía mayores costos de semilla. En Illinois, la adopción de cultivos resistentes a herbicidas ha convertido al sistema de semilla-manejo de malezas de la soya en el más caro en la historia moderna -entre $40 y $69 por acre, dependiendo de las tasas, la presión de las malezas, etc. Tres años antes, el promedio de costos de la semilla-más-control de malezas era de $26 por acre y representaba el 23% de los costos variables. Hoy representa el 35-40% (Carpenter & Gianessi 1999). Muchos agricultores están deseosos de pagar por la simplicidad y efectividad de este nuevo sistema de manejo de malezas, pero tales ventajas pueden tener corta vida tan pronto como se presenten problemas ecológicos.

 

En el caso de cultivos BT la información demuestra que el uso de insectidas ha bajado especialmente en algodon. La mayoria de los estudios sugieren que se han bajado el numero de aplicaciones  por hectárea/ano, resultando en una reducción en el suo nacional en USA de 450,000 kg de ingrediente activo (i.a.), pero esto representa solo una reducción de 0.18 kg i.a. por hectárea, o 9% reducción del promedio de 2.01 kg i.a. por hectárea. Para maiz  Bt la reducción por hectárea equivale a 0.04-0.08 kg de i.a. por hectárea, un ahorro minimo comparado con reducciones de 50% con manejo integrado y de 100% con agricultura organica.

 

Pero como se enfatizó antes, el costo final que los agricultores pagan es su creciente dependencia de los insumos biotecnológicos protegidos por un sistema severo de derechos de propiedad intelectual que legalmente inhibe el derecho de los agricultores a reproducir, compartir y almacenar semillas (Busch et al. 1990). Los agricultores que ejercen este derecho pero a la vez rompen el contrato firmado con una corporación pueden perder sus fincas ya que el contrato estipula que deben pagar $ 3 mil dolares por acre por infringir el acuerdo. Para un agricultor con mas de 100 acres el costo es desastroso.

 

¿La biotecnología beneficiará a los agricultores pobres?

 

Muchas de las innovaciones de la biotecnología disponibles hoy eluden a los agricultores pobres, ya que estos agricultores no pueden pagar por las semillas protegidas por patentes, propiedad de las corporaciones biotecnológicas. La extensión de la tecnología moderna hacia los agricultores de escasos recursos ha estado históricamente limitada por considerables obstáculos ambientales.  Se estima que 850 millones de personas viven en tierras amenazadas por la desertificación. Otros 500 millones viven en terrenos demasiado abruptos para ser cultivados. Debido a éstas y otras limitaciones, alrededor de dos millones de personas ni siquiera han sido alcanzadas por la ciencia agrícola moderna. La mayor parte de la pobreza rural se desarrolla en la banda latitudinal entre los trópicos de Cáncer y Capricornio, la región más vulnerable a los efectos del recalentamiento global. En tales ambientes, una gran cantidad de tecnologías baratas y accesibles localmente están disponibles para mejorar y no limitar las opciones de los agricultores, una tendencia que es inhibida por la biotecnología controlada por las corporaciones.

 

Los investigadores en biotecnología piensan solucionar los problemas asociados con la producción de alimentos en esas áreas marginales desarrollando cultivos GM con características que los pequeños agricultores consideran deseables, tales como mayor competitividad frente a las malezas y tolerancia a la sequía. Sin embargo, estos nuevos atributos no son necesariamente una panacea.  Características como la tolerancia a la sequía son poligénicas (determinadas por la interacción de genes múltiples). En consecuencia, el desarrollo de cultivos con tales características es un proceso que tomaría por lo menos 10 años. Bajo estas circunstancias, la ingeniería genética no da algo por nada. Cuando se trabaja con genes múltiples para crear un rasgo determinado, es inevitable sacrificar otras características como la productividad. Como resultado, el uso de una planta tolerante a la sequía incrementaría los rendimientos de un cultivo sólo en 30-40 por ciento. Cualquier rendimiento adicional deberá provenir del mejoramiento de las prácticas ambientales (como la cosecha del agua o el mejoramiento de la materia orgánica del suelo para mejorar la retención de la humedad) más que de la manipulación genética de características específicas (Persley y Lantin 2000).

 

Aun cuando la biotecnología pudiera contribuir a incrementar la cosecha en un cultivo, eso no significa que la pobreza disminuiría. Muchos agricultores pobres en los países en desarrollo no tienen acceso al dinero, al crédito,  a la asistencia técnica o al mercado. La llamada Revolución Verde de los 50 y 60 ignoró a esos agricultores porque la siembra de las nuevas medidas de alto rendimiento y su mantenimiento por medio de pesticidas y fertilizantes era demasiado costosa para los campesinos pobres. Los datos, tanto de Asia como de América Latina, demuestran que los agricultores ricos con tierras más extensas y mejor llevadas obtuvieron más de la Revolución Verde, mientras los agricultores con menores recursos en general ganaron muy poco (Lappe et al. 1998). La nueva "Revolución Genética" sólo podría terminar repitiendo los errores de su predecesora.

 

Las semillas genéticamente modificadas están bajo control corporativo y bajo la protección de patentes y, como consecuencia, son muy caras. Ya que la mayor parte de las naciones en desarrollo todavía carecen de infraestructura institucional y crédito con bajos intereses, elementos necesarios para llevar estas semillas a los agricultores pobres, la biotecnología sólo exacerbará la marginalización.

 

Los agricultores pobres no tienen cabida en el nicho de mercado de las compañías privadas, cuyo enfoque está dirigido a las innovaciones biotecnológicas para los sectores agrícolas-comerciales de los países industrializados y desarrollados, donde tales corporaciones pueden esperar grandes retornos a su inversión en investigación. El sector privado a menudo ignora cultivos importantes como la yuca, que es un alimento fundamental para 500 millones de personas en el mundo. Los pocos agricultores empobrecidos que tendrán acceso a la biotecnología se volverán peligrosamente dependientes de las compras anuales de semillas genéticamente modificadas. Estos agricultores tendrán que atenerse a los onerosos acuerdos de propiedad intelectual y no sembrar las semillas obtenidas de una cosecha de las plantas producto de la bioingeniería. Tales condiciones constituyen una afrenta para los agricultores  tradicionales, quienes por siglos han guardado y compartido semillas como parte de su legado cultural (Kloppenburg 1998). Algunos científicos y formuladores de políticas sugieren que las grandes inversiones a través de asociaciones públicas-privadas pueden ayudar a los países en desarrollo a adquirir la capacidad científica e institucional para delinear la biotecnología de manera que se adapte a las necesidades y circunstancias de los pequeños agricultores. Pero, una vez más, los derechos corporativos de propiedad intelectual sobre los genes y la tecnología de clonación de genes arruinarían tales planes. Por ejemplo, EMBRAPA (el Instituto Nacional de Investigación Agrícola de Brasil) debe negociar licencias con nueve diferentes compañías antes de poder lanzar una papaya resistente a virus, desarrollada con investigadores de la Universidad de Cornell (Persley y Lantin 2000).

 

Los organismos genéticamente modificados y la salud humana

 

¿Son los cultivos transgénicos similares a los convencionales?

 

Las agencias gubernamentales que regulan los cultivos obtenidos por la biotecnología consideran a estos "sustancialmente equivalentes" a los cultivos convencionales. Esta conjetura es inexacta y carece de base científica. La evidencia demuestra que la transferencia genética usando técnicas del ADNr es sustancialmente diferente de los procesos que gobiernan la transferencia de genes en el mejoramiento tradicional. En este esfuerzo, los mejoradores de plantas desarrollan nuevas variedades a través del proceso de selección y buscan la expresión de material genético que ya está presente dentro de una especie. El cruzamiento convencional involucra el movimiento de grupos de genes ligados funcionalmente, principalmente entre cromosomas similares, e incluye a los promotores relevantes, secuencias reguladoras y genes asociados involucrados en la expresión coordinada de la característica de interés en la planta.

 

La ingeniería genética trabaja principalmente por medio de la inserción de material genético, generalmente de fuentes sin precedentes, es decir, material genético que proviene de especies, familias e incluso reinos que anteriormente no podían ser fuentes de material genético para una especie en particular. El proceso involucra el uso de una “pistola inserta genes” (gene gun) y un "gen promotor" de un virus y un marcador como parte del paquete o construcción que se inserta en la célula de la planta hospedera.  Las actuales tecnologías del ADNr consisten en la inserción al azar de genes en ausencia de secuencias normales del promotor y los genes reguladores asociados. Como hay pocos ejemplos de caracteres de plantas en las cuales se han identificado los genes reguladores asociados, actualmente no es posible introducir un gen totalmente "funcional" usando las técnicas de ADNr. Estas técnicas también involucran la inserción simultánea de promotores virales y marcadores selectivos que facilitan la introducción de genes de especies no compatibles. Estas transformaciones genéticas no pueden suceder cuando se usan los métodos tradicionales, lo cual explica ampliamente la forma tan abismal en que estos dos procesos difieren (Hansen 1999).

 

En resumen, el proceso de ingeniería genética difiere claramente del mejoramiento convencional ya que éste se basa sobre todo en la selección a través de procesos naturales de reproducción sexual o asexual entre una especie o dentro de géneros estrechamente relacionados. La ingeniería genética usa un proceso de inserción de material genético, vía un "gene gun" o un transportador bacteriano especial, cosa que no ocurre en la naturaleza. Los biotecnólogos pueden insertar material genético en una especie a partir de cualquier forma viviente, creando así organismos nuevos con los cuales no se tiene experiencia evolutiva.

 

¿Se pueden ingerir los cultivos transgénicos sin peligro?

 

El prematuro lanzamiento comercial de los cultivos transgénicos, debido a la presión comercial y a las políticas de la FDA y la EPA que consideran a los cultivos genéticamente modificados "sustancialmente equivalentes" a los cultivos convencionales, ha tenido lugar en el contexto de un marco regulador aparentemente inadecuado, no transparente y, en algunos casos, inexistente. De hecho, la aprobación del lanzamiento comercial de los cultivos transgénicos se basa en la información científica proporcionada voluntariamente por las compañías que los producen.

 

Se estima que cerca del 50 por ciento de los alimentos preparados a base de maíz y soya en Estados Unidos provienen de maíz y frijol soya genéticamente modificados. La mayor parte de los consumidores desconocen esto y no tienen posibilidad de determinar si un alimento es transgénico, ya que estos no llevan una etiqueta que lo diga. Dado que ningún científico puede aseverar que tales alimentos están completamente libres de riesgos, se puede considerar que la mayoría de la población de los Estados Unidos está siendo sujeta a un experimento de alimentación en gran escala. Los consumidores de la Unión Europea (UE) han rechazado los alimentos genéticamente modificados (Lappe y Bailey 1998).

 

Debido a los métodos no usuales utilizados para producir cultivos GM, algunos temen que las variantes genéticas producidas puedan introducir sustancias extrañas en la provisión de alimentos con efectos negativos inesperados sobre la salud humana. Una preocupación importante es que alguna proteína codificada por un gen introducido pueda ser un alergeno y causar reacciones alérgicas en las poblaciones expuestas (Burks y Fuchs 1995).

 

La biotecnología se emplea para introducir genes en diversas plantas que son fuentes de alimentos o componentes de varios alimentos. Los caracteres que se introducen incluyen resistencia a virus e insectos, tolerancia a los herbicidas y cambios en la composición o el contenido nutricional. Dada la diversidad de caracteres, es fácil predecir el potencial alergénico de las proteínas introducidas en los alimentos que provienen de fuentes sin registros de poseer alergenos o que tienen secuencias de aminoácidos similares a las de alergenos conocidos presentes en proteinas de mani, almendras, leche, huevos, soya, mariscos, pescado y trigo.

 

Hay una pequeña pero real posibilidad de que la ingeniería genética pueda transferir proteínas nuevas y no identificadas en los alimentos, provocando así reacciones alérgicas en millones de consumidores sensibles a los alergenos, pero sin que haya posibilidad de identificarlos o de autoprotegerse de tales alimentos dañinos.

 

Otra preocupación está asociada con el hecho de que casi en todos los cultivos genéticamente modificados se incorporan genes de resistencia a los antibióticos como marcadores, para indicar que una planta ha sido modificada con éxito. Es de esperar que estos genes y sus productos enzimáticos, que causan la inactivación de los antibióticos, estén presentes en los alimentos modificados y sean incorporados por las bacterias presentes en el estomago humano. Esto trae a colación importantes preguntas sobre las consecuencias en la salud humana, particularmente si comprometen la inmunidad (Ticciati y Ticciati 1998).

 

El tratamiento con ingeniería genética puede eliminar o inactivar sustancias nutritivas valiosas en los alimentos. Investigaciones recientes demuestran que la soya modificada resistente a los herbicidas tiene menores niveles de isoflavonas (12-14 por ciento), fito-estrógenos clave (principalmente genistina) presentes en forma natural en la soya y que constituyen un potencial protector contra algunas formas de cáncer en la mujer (Lappe et al. 1998).

 

No hay científico que pueda negar la posibilidad de que cambiando la estructura genética fundamental de un alimento se puedan causar nuevas enfermedades o problemas de salud. No hay estudios de largo plazo que prueben la inocuidad de los cultivos genéticamente modificados. Estos productos no han sido probados en forma exhaustiva antes de llegar a los estantes de las tiendas. A pesar de esto, los cultivos transgénicos están siendo probados en los consumidores.

 

Biotecnología, Agricultura y Medio Ambiente

 

La biotecnología se está usando para reparar los problemas causados por previas tecnologías agroquímicas (resistencia a los pesticidas, polución, degradación del suelo, etc.) desarrolladas por las mismas compañías que ahora lideran la biorevolución. Los cultivos transgénicos creados para el control de plagas siguen de cerca los paradigmas de usar un solo mecanismo de control (un pesticida) que ha demostrado repetidas veces su fracaso frente a insectos, patógenos y plagas (Consejo Nacional de Investigación 1996). El promocionado enfoque "un gen - una plaga" será fácilmente superado por plagas que continuamente se adaptan a nuevas situaciones y desarrollan mecanismos de detoxificación (Robinson 1996).

 

La agricultura desarrollada con cultivos transgénicos favorece los monocultivos que se caracterizan por niveles peligrosamente altos de homogeneidad genética, que a su vez conducen a una mayor vulnerabilidad de los sistemas agrícolas ante situaciones de estrés biótico y abiótico (Robinson 1996). Cuando se promueve el monocultivo también se inhiben los métodos agrícolas ecológicos, como las rotaciones y los cultivos múltiples, exacerbando así los problemas de la agricultura convencional (Altieri 2000).

 

En la medida en que las semillas obtenidas por ingeniería genética reemplacen a las antiguas variedades tradicionales y sus parientes silvestres, la erosión genética se acelerará en el Tercer Mundo (Fowler y Mooney 1990). La búsqueda de uniformidad no sólo destruirá la diversidad de los recursos genéticos sino que alterará la complejidad biológica en la cual se basa la sostenibilidad de los sistemas tradicionales de cultivo (Altieri 1996).

 

Hay muchas preguntas ecológicas sin respuesta sobre el impacto del lanzamiento de plantas y microorganismos transgénicos en el medio ambiente y la evidencia disponible apoya la posición de que el impacto puede ser sustancial. Entre los principales riesgos ambientales asociados con las plantas producidas por ingeniería genética están la transferencia involuntaria de "transgenes" a las especies silvestres relacionadas, con efectos ecológicos impredecibles.

 

El impacto de los cultivos resistentes a herbicidas

 

Resistencia a los herbicidas

 

Al crear cultivos resistentes a sus herbicidas, las compañías biotecnológicas pueden expandir mercados para sus productos químicos patentados. (En 1997, 50 mil agricultores plantaron 3.6 millones de hectáreas de soya resistente a los herbicidas, equivalente al 13 por ciento de los 71 millones de acres de soya a nivel nacional en Estados Unidos, Duke 1996). Los observadores dieron un valor de $75 millones a los cultivos resistentes a los herbicidas en 1995, el primer año de comercialización, lo que indica que para el año 2000 el mercado sería de unos 805 millones de dólares, que representan un crecimiento del 61 por ciento (Carpenter y Gianessi 1999).

 

El uso continuo de herbicidas como bromoxynil y glifosato (también conocido como Roundup de Monsanto), tolerados por cultivos resistentes a estos herbicidas, puede acarrear problemas (Goldberg 1992). Se sabe muy bien que cuando un solo herbicida se usa continuamente en un cultivo, se incrementa enormemente el riesgo de desarrollo de resistencia al herbicida en las poblaciones de malezas (Holt et al. 1993). Se conocen unos 216 casos de resistencia a una o más familias de herbicidas (Holt y Le Baron 1990). Los herbicidas del grupo Trizzinas registran la mayor cantidad de especies de malezas resistentes (alrededor de 60).

 

Dada la presión de la industria para incrementar las ventas de herbicidas, el área tratada con herbicidas de amplio espectro se expandirá, intensificando así el problema de la resistencia. Por ejemplo, se ha proyectado que el área tratada con glifosato se incrementará en unos 150 millones de acres. Aunque el glifosato se considera menos propicio para crear resistencia en malezas, el aumento en el uso del herbicida dará como resultado resistencia de las malezas, aun cuando sea más lenta. Esto ya ha sido registrado en poblaciones australianas de pastos como ryegrass, quackgrass, Eleusine indica y Cirsium arvense (Gill 1995).

 

Los herbicidas destruyen más que las malezas

 

Las compañías biotecnológicas sostienen que el bromoxynil y el glifosato se degradan rápidamente en el suelo cuando se aplican con propiedad, no se acumulan en el agua subterránea, no tienen efectos sobre otros organismos y no dejan residuos en los alimentos. Sin embargo, hay evidencia de que el bromoxynil causa defectos congénitos en animales, es tóxico para los peces y puede causar cáncer en los seres humanos (Goldberg 1992). Debido a que el bromoxynil se absorbe a través de la piel, y porque causa defectos congénitos en roedores, es probable que sea peligrosos para los agricultores y trabajadores del campo. Asimismo, se ha informado que el glifosato es tóxico para algunas especies que habitan en el suelo, incluyendo predatores, como arañas, escarabajos carábidos y coccinélidos, y para otros que se alimentan de detritos como los gusanos de tierra, así como para organismos acuáticos, incluyendo peces (Paoletti y Pimentel 1996). Se sabe que este herbicida se acumula en frutas y tubérculos porque sufre relativamente poca degradación metabólica en las plantas, por lo que surgen preguntas sobre su inocuidad, especialmente ahora que se usan anualmente más de 37 millones de libras de este herbicida sólo en Estados Unidos. Más aún, las investigaciones demuestran que el glyphosate tiende a actuar en una forma similar a la de los antibióticos, alterando en una forma todavía desconocida la biología del suelo y causando efectos tales como:

 

§         Reducir la habilidad de la soya y del trébol para fijar nitrógeno

§         Hacer más vulnerables a las enfermedades a las plantas de frijol

§         Reducir el crecimiento de las micorrizas que moran en el suelo, hongos clave para ayudar a las plantas a extraer el fósforo del suelo.

 

Creación de "supermalezas"

 

Aunque hay cierta preocupación porque los cultivos transgénicos por sí mismos puedan convertirse en malezas, el principal riesgo ecológico es que el lanzamiento en gran escala de los cultivos transgénicos promueva la transferencia de transgenes de los cultivos a otras plantas, las cuales podrían transformarse en malezas (Darmency 1994). Los transgenes que confieren ventajas biológicas significativas pueden transformar plantas silvestres en nuevas o peores malezas (Rissler y Mello 1996). El proceso biológico que nos preocupa es la introgresión-hibridación entre especies de plantas diferentes pero emparentadas. La evidencia señala que tales intercambios genéticos ya se realizan entre plantas silvestres, malezas y especies cultivadas. La incidencia de Sorghum bicolor, una maleza emparentada con el sorgo y el flujo genético entre el maíz y el teosinte demuestran el potencial de que los parientes de los cultivos puedan convertirse en malezas peligrosas. Esto es preocupante dada la cantidad de cultivos que crecen en las proximidades de sus parientes silvestres sexualmente compatibles en Estados Unidos (Lutman 1999). Debe tenerse extremo cuidado en los sistemas agrícolas que se caracterizan por polinización cruzada, como avena, cebada, girasoles y sus parientes silvestres, y entre el raps y otras crucíferas relacionadas (Snow y Moran 1997).

 

En Europa hay una gran preocupación sobre la posible transferencia de polen de genes tolerantes a los herbicidas de las semillas oleosas de Brassica a las especies Brassica nigra y Sinapsis arvensis (Casper y Landsmann 1992).  Algunos cultivos crecen cerca de plantas silvestres que no son sus parientes cercanos pero que pueden tener cierto grado de compatibilidad cruzada como los cruces de Raphanus raphanistrum x R. sativus (rábanos) y el sorgo alepo x maíz-sorgo (Radosevich et al. 1996). Repercusiones en cascada de estas transferencias pueden en última instancia significar cambios en la estructura de las comunidades vegetales. Los intercambios genéticos constituyen una amenaza grande en los centros de diversidad, porque en los sistemas agrícolas biodiversos la probabilidad que los cultivos transgénicos encuentren parientes silvestres sexualmente compatibles es muy alta.

 

La transferencia de genes de los cultivos transgénicos a cultivos orgánicos representa un problema específico para los agricultores orgánicos; la certificación orgánica se basa en que los productores puedan garantizar que sus cultivos no tengan transgenes insertados. Algunos cultivos que pueden cruzarse con otras especies, como el maíz o el raps se verán afectados en mayor grado, pero todos los que desarrollan agricultura orgánica corren el riesgo de contaminación genética. No hay reglamentos que obliguen a un mínimo de separación entre los campos transgénicos y orgánicos (Royal Society 1998).

 

En conclusión, el hecho de que la hibridación y la introgresión interespecíficas sea algo común en especies como girasol, maíz, sorgo, raps, arroz, trigo y papa, provee una base para anticipar flujos genéticos entre los cultivos transgénicos y sus parientes silvestres, que pueden dar lugar a nuevas malezas resistentes a los herbicidas (Lutman 1999). Hay consenso entre los científicos de que los cultivos transgénicos en algún momento permitirán el escape de los transgenes hacia las poblaciones de sus parientes silvestres. El desacuerdo está en cuán serio será el impacto de tales transferencias (Snow y Moran 1997).

 

Riesgos ambientales de los cultivos resistentes a insectos (Cultivos Bt)

 

Resistencia

 

Según la industria biotecnológica, la promesa de los cultivos transgénicos insertados con genes Bt son el reemplazo de los insecticidas sintéticos que ahora se usan para controlar insectos plaga. Pero esto no es muy claro ya que la mayor parte de los cultivos son atacados por diversas plagas y las plagas que no pertenecen al orden Lepidoptera de todos modos tendrán que ser combatidas con insecticidas porque no son susceptibles a la toxina Bt expresada en el cultivo (Gould 1994). En un reciente informe (USDA 1999) que analiza el uso de pesticidas en la temporada agrícola 1997 en Estados Unidos en 12 combinaciones de regiones y cultivos, se demostró que en siete localidades no hubo diferencia estadística en el uso de pesticidas entre cultivos con Bt y cultivos convencionales sin Bt. En el Delta del Mississippi se usó una cantidad significativamente mayor de pesticidas en algodón Bt versus algodón sin Bt.

 

Por otro lado, se sabe que varias especies de lepidópteros han desarrollado resistencia a la toxina BT tanto en pruebas de campo como en laboratorio, lo que sugiere la posibilidad de aparición de importantes problemas de resistencia en los cultivos Bt a través de los cuales la continua expresión de la toxina crea una fuerte presión de selección (Tabashnik 1994). Ningún entomólogo serio puede cuestionar si la resistencia se desarrollará o no. La pregunta es ¿qué tan rápido sucederá?. Los científicos ya han detectado el desarrollo de "resistencia de comportamiento" en algunos insectos que aprovechan la expresión irregular de la potencia de la toxina en el follaje del cultivo, atacando sólo  las partes con bajas concentraciones de toxina. Es más, ya que las toxinas in