La Biotecnología, El Hambre en el Mundo y el Bienestar
de los Agricultores
Poblaciones hambrientas en medio de la abundancia
Las
compañías de biotecnología sostienen que los organismos genéticamente
modificados (GMOs en inglés) -específicamente las semillas genéticamente
alteradas- son hallazgos científicos necesarios para alimentar al
mundo y reducir la pobreza en los países en desarrollo. La mayoría
de las organizaciones internacionales encargadas de la política y
la investigación para el mejoramiento de la seguridad alimentaria
en el mundo en desarrollo hacen eco de este punto de vista. Este
punto se basa en dos suposiciones críticas: que el hambre se debe
a una brecha entre la producción de alimentos y la densidad de la
población humana o la tasa de crecimiento; y que la ingeniería genética
es la única o la mejor forma de incrementar la producción agrícola
y por lo tanto cubrir las futuras necesidades de alimento.
Un
punto inicial para aclarar estas falsas concepciones es entender
que no hay una relación entre la presencia del hambre en un país
determinado y su población. Por cada nación hambrienta y densamente
poblada como Bangladesh o Haití, hay un país escasamente poblado
y hambriento como Brasil o Indonesia. El mundo hoy produce más alimentos
por habitante que nunca antes. Hay suficiente alimento disponible
para proveer 4,3 libras por persona cada día: 2,5 libras de granos,
frijoles y nueces; alrededor de una libra de carne, leche y huevos
y otra de frutas y verduras (Lappe et al. 1998).
En
1999 se produjo suficiente cantidad de granos en el mundo para
alimentar una población de ocho mil millones de personas (seis mil millones
habitaron el planeta en el 2000), si estos se distribuyeran equitativamente
o no se dieran como alimento a los animales. Siete de cada diez libras
de granos se usan para alimentar animales en Estados Unidos. Países
como Brasil, Paraguay, Tailandia e Indonesia dedican miles de acres
de tierras agrícolas a la producción de soya y yuca para exportar
a Europa como alimento del ganado. Canalizando un tercio de los granos
producidos en el mundo hacia la población hambrienta y necesitada,
el hambre cesaría instantáneamente (Lappe et al. 1998).
El
hambre también ha sido creado por la globalización, especialmente
cuando los países en desarrollo adoptan las políticas de libre comercio
recomendadas por agencias internacionales (reduciendo los aranceles
y permitiendo el flujo de los productos de los países industrializados).
La experiencia de Haití, uno de los países más pobres del mundo,
es ilustrativa. En 1986 Haití importó sólo 7,000 toneladas de arroz,
porque la mayor parte se producía en la isla. Cuando abrió su economía
al mundo, los inundó un arroz más barato proveniente de los Estados
Unidos, donde la industria del arroz es subsidiada. En 1996, Haití importó 196,000
toneladas de arroz foráneo al costo de US$ 100 millones anuales.
La producción de arroz haitiano se volvió insignificante cuando se
concretó la dependencia en el arroz extranjero. El hambre se incrementó (Aristide
2000).
Las
causas reales del hambre son la pobreza, la desigualdad y la
falta de acceso a los alimentos y a la tierra. Demasiada gente es
muy
pobre (alrededor de dos mil millones sobreviven con menos de un
dólar al
día) para comprar los alimentos disponibles (a menudo con una pobre
distribución) o carecen de tierras y los recursos para sembrarla
(Lappe et al. 1998). Porque la verdadera raíz del hambre es la desigualdad,
cualquier método diseñado para reforzar la producción de alimentos,
pero que agudice esta desigualdad, fracasará en reducir el hambre.
Por el contrario, sólo las tecnologías que tengan efectos positivos
en la distribución de la riqueza, el ingreso y los activos, que estén
a favor de los pobres, podrán en realidad reducir el hambre. Afortunadamente
tales tecnologías existen y pueden agruparse bajo la disciplina de
la agroecología, cuyo potencial es ampliamente demostrado y analizado
más profundamente a lo largo de este libro (Altieri et al. 1998;
Uphoff y Altieri 1999).
Atacando
la desigualdad por medio de reformas agrarias se mantiene la
promesa de un aumento de la productividad que sobrepasa el potencial
de
la biotecnología agrícola. Mientras que los defensores de la industria
hacen una promesa de 15, 20 e incluso 30 por ciento de aumento de
los rendimientos por la biotecnología, los pequeños agricultores
producen hoy de 200 a 1,000 por ciento más por unidad de área
que las grandes fincas a nivel mundial (Rosset 1999). Una estrategia
clara para tomar ventaja de la productividad de las pequenas
fincas
es impulsar reformas agrarias que reduzcan las grandes propiedades ineficientes e improductivas a un tamano pequeño óptimo, y
asi proporcionar las bases para el incremento de la producción en
fincas de pequenos agricultores, incrementos ante los cuales
empalidecería
la publicitada promesa productiva de la biotecnología.
Es
importante entender que la mayor parte de innovaciones en la
biotecnología
agrícola se orientan a las ganancias más que a las necesidades. El
verdadero motor de la industria de la ingeniería genética no es hacer
la agricultura más productiva, sino generar mayores ingresos (Busch
et al. 1990). Esto se ilustra revisando las principales tecnologías
del mercado de hoy: (1) cultivos resistentes a los herbicidas,
tales como la Soya Ready Roundup de Monsanto, semillas que son
tolerantes
al herbicida Roundup de Monsanto, y (2) los cultivos Bt (Bacillus
thuringiensis) que han sido desarrollados por ingeniería genética
para producir su propio insecticida. En el primer caso, la meta es
ganar más participación de mercado de los herbicidas para un producto
exclusivo, y en el segundo, aumentar las ventas de semillas aun a
costa de dañar la utilidad de un producto clave para el manejo de
plagas (el insecticida microbiano a base de Bt) en el que confían
muchos agricultores, incluyendo a la mayoría de agricultores de cultivos
orgánicos, como una poderosa alternativa a los insecticidas.
Estas
tecnologías responden a la necesidad de las compañías de biotecnología
de intensificar la dependencia de los agricultores en semillas protegidas
por la llamada "propiedad intelectual" que entra en
conflicto directamente con los antiguos derechos de los agricultores
a reproducir,
compartir o almacenar semillas (Fowler y Mooney 1990). Cada
vez que pueden, las corporaciones obligan a los agricultores
a comprar una marca de insumos de la compañía y les prohiben guardar o vender
la semilla. Si los agricultores de los Estados Unidos adoptan soya
transgénica, deben firmar un acuerdo con Monsanto. Si siembran soya
transgénica al año siguiente, la multa es de unos $3,000 por acre,
dependiendo del área. Esta multa puede costarle al agricultor su
finca, su hogar. Controlando el germoplasma desde la producción de
semillas hasta su venta y obligando a los agricultores a pagar precios
inflados por paquetes de semillas-químicos, las compañías están decididas
a extraer el máximo beneficio de su inversión (Krimsky y Wrubel
1996).
¿Qué hay
del arroz dorado?
Los
científicos que apoyan la biotecnología y están en desacuerdo con
la afirmación que la mayor parte de la investigación en biotecnología
está basada en el lucro más que en la necesidad, usan como parte
de su retórica humanitaria, el recientemente desarrollado, pero todavía
no comercializado, arroz dorado. Este arroz experimental es rico
en beta caroteno, el precursor de la vitamina A, que es un producto
nutritivo importante para millones de niños, especialmente en
Asia, quienes sufren de deficiencia de Vitamina A que puede conducir
a la ceguera.
Quienes
han creado el arroz dorado dicen que este nuevo cultivo fue desarrollado
con fondos públicos y que una vez que se demuestre su viabilidad
en campos de cultivo, será distribuido gratuitamente entre los pobres.
La idea de que un arroz genéticamente alterado es la forma apropiada
de tratar la condición de dos millones de niños en riesgo de ceguera
- inducida por la deficiencia de Vitamina A- revela una tremenda
ingenuidad sobre las causas reales de la malnutrición por falta de
vitaminas y micronutrientes. Si nos remitimos a los patrones de desarrollo
y nutrición humanos, rápidamente nos damos cuenta que la deficiencia
de Vitamina A no está caracterizada como un problema sino como un
síntoma, una señal de alerta. Nos
alerta de mayores deficiencias asociadas tanto con la pobreza
como con el cambio en la agricultura, desde sistemas de cultivo
diversificados
hacia monocultivos, promovido por la Revolución Verde.
La
gente no presenta deficiencia de Vitamina A porque el arroz contiene
muy poca Vitamina A, o beta caroteno, sino porque su dieta se
reduce solamente a arroz y a casi nada más, y sufren de otras enfermedades
nutricionales que no se pueden tratar con beta caroteno, pero que
podrían ser tratadas, junto con la deficiencia de Vitamina A, con
una dieta más variada. El arroz dorado debe ser considerado un intento
unidimensional de reparar un problema creado por la Revolución Verde:
el problema de la disminución de la variedad de cultivos y la
diversidad en la dieta.
Una
solución de "varita mágica" que coloca beta caroteno en
el arroz -con potencial daño ecológico y a la salud-, al tiempo que
deja intacta a la pobreza, las dietas pobres y el monocultivo extensivo,
no puede hacer ninguna contribución duradera al bienestar. Usando
la frase de Vandana Shiva, "un enfoque de esa naturaleza
revela ceguera ante las soluciones sencillas disponibles para
combatir
la ceguera inducida por la deficiencia de Vitamina A, que incluye
a
muchas plantas, que cuando son introducidas (o reintroducidas)
en la dieta proporcionan el beta caroteno y otras vitaminas y
micronutrientes."
Aunque
los vegetales silvestres han sido considerados periféricos en los
hogares campesinos, su recolección como se practica actualmente en
muchas comunidades rurales constituye un aditivo significativo a
la nutrición y subsistencia de las familias campesinas. Dentro
y fuera de la periferia de las pozas de arroz hay abundantes
vegetales de hoja verde, silvestres y cultivados, ricos en vitaminas
y nutrientes,
muchos de los cuales son eliminados cuando los agricultores adoptan
el monocultivo y los herbicidas asociados (Greenland 1997).
Los
biotecnólogos en arroz no entienden las profundas tradiciones culturales
populares que determinan las preferencias de alimentos entre la población
asiática, especialmente el significado social e incluso religioso
del arroz blanco. Es altamente improbable que el arroz dorado reemplace
al arroz blanco que por milenios ha jugado variados papeles en aspectos
nutricionales, culinarios y ceremoniales. No cabe duda que el arroz
dorado sacudirá las tradiciones asociadas con el arroz blanco en
la misma forma en que lo harían las papas fritas verdes o azules
en las preferencias de la gente de los Estados Unidos.
Pero
incluso si el arroz dorado ingresa en los platos de los pobres
de Asia, no hay una garantía de que ello beneficiará a la gente pobre
que no come alimentos ricos en grasas o aceites. El beta caroteno
es soluble en grasas y su ingestión por el intestino depende de la
grasa o aceite de la dieta. Aún más, las personas que sufren de desnutrición
proteica y carecen de dietas ricas en grasas no pueden almacenar
bien la Vitamina A en el hígado ni pueden transportarla a los diferentes
tejidos corporales donde se requiere. Debido a la baja concentración
de beta caroteno en el arroz milagroso, las personas tendrían que
comer más de un kilogramo de arroz diario para obtener la ración
diaria recomendada de Vitamina A.
¿Aumenta
la biotecnología los rendimientos?
Un
importante argumento propuesto por los biotecnólogos es que los cultivos
transgénicos aumentarán significativamente el rendimiento de los
cultivos. Estas expectativas han sido examinadas por el informe (1999)
del Servicio de Investigación Económica (Economic Research Service, ERS)
del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA), a partir
de datos recolectados en 1997 y 1998 para 112
y 18 combinaciones región/cultivo de Estados Unidos. Los cultivos
observados fueron maíz Bt y algodón, y maíz, algodón y soya tolerantes
a herbicidas (HT), y su contraparte de cultivos convencionales.
En
1997 los rendimientos no mostraron diferencias significativas
entre los cultivos con y sin ingeniería genética en 7 de las 12 combinaciones
cultivo/región. Cuatro de las 12 regiones mostraron incrementos significativos
(13-21 por ciento) en el rendimiento de las plantas con ingeniería
(soya tolerante en tres regiones y algodón Bt en una región). El
algodón tolerante a herbicidas en una región mostró una reducción
significativa en el rendimiento (12 por ciento) comparado con
su contraparte convencional.
En
1998 los rendimientos no tuvieron diferencias significativas
entre cultivos con y sin ingeniería en 12 de 18 combinaciones cultivo/región.
Cinco combinaciones (maíz BT en dos regiones, maíz HT en una región,
algodón Bt en dos regiones) mostraron aumentos significativos en
el rendimiento (5 a 30 por ciento) de las plantas con ingeniería,
pero sólo bajo presión alta del barrenador europeo del maíz, que
es esporádico. De hecho muchos entomologos
piensan que la mayoria de los agricultores no se beneficiaran
de las tecnologías Bt bajo niveles promedios de infestacion del gusano
barrenador, dado que niveles poblacionales negativos de esta plaga
se dan esporádicamente una vez cada 4- 8 anos. El
algodón tolerante a herbicidas (tolerante al glifosato o Roundup)
fue el único cultivo con ingeniería que no mostró aumentos significativos
en el rendimiento en ninguna de las regiones donde fue probado.
En 1999, investigadores del Instituto
de Agricultura y Recursos Naturales de la Universidad de Nebraska
plantaron cinco diferentes variedades de soya de Monsanto, junto
con sus parientes convencionales más cercanos y las variedades tradicionales
de más alto rendimiento en cuatro localidades del estado, usando
tierras de secano y campos irrigados. En promedio, los investigadores
encontraron que las variedades tratadas por ingeniería genética -aunque
más costosas- producían seis por ciento menos que sus parientes cercanos
sin ingeniería, y 11 por ciento menos que los cultivos convencionales
de mayor rendimiento. Informes de Argentina muestran los mismos
resultados de ausencia de un mejor rendimiento de la soya HT,
la cual universalmente
parece mostrar problemas de rendimiento.
Las
pérdidas en el rendimiento se amplifican en cultivos como el maíz
Bt donde se requiere que los agricultores dejen el 20 por ciento
de su tierra como refugios de maíz no transgénico. Se espera que
parcelas alternantes de maíz transgénico y no transgénico retarden
la evolución de la resistencia a las plagas al proveer refugios a
los insectos susceptibles a fin de que puedan cruzarse con insectos
resistentes. Los cultivos en el refugio posiblemente sufran fuerte
daño y de este modo los agricultores tendrán pérdidas en el rendimiento.
Un refugio totalmente libre de pesticidas debe tener el 20 a 30 por
ciento del tamaño de una parcela sometida a ingeniería, pero si se
usan insecticidas, entonces el refugio debe tener alrededor del 40
por ciento del tamaño de la parcela biotecnológica porque asperjar
con insecticidas incrementa el desarrollo de la resistencia al
Bt (Mellon y Rissler 1999).
Si
por el contrario se dedicara el 30 por ciento de los terrenos
cultivables a plantar soya bajo un diseño de cultivos en franjas con maíz (como
muchos agricultores alternativos hacen en el medio oeste), se obtendrían
rendimientos de más del 10% que con los monocultivos comparativos
de maíz y soya, al tiempo que se introducirían potenciales para la
rotación interna en el campo donde los arreglos contorneados minimizan
la erosión en las laderas (Ghaffarzadeh et al. 1999), Más aún, el
barrenador europeo del maíz sería minimizado porque las poblaciones
de esta plaga tienden a ser menores en los sistemas de cultivos
mixtos y rotativos (Andow 1991).
En
el caso del algodón no hay una necesidad demostrada de introducir
la toxina Bt en el cultivo ya que la mayor parte de Lepidópteros
(mariposas y polillas) que atacan este cultivo son plagas secundarias
inducidas por los pesticidas. La mejor forma de enfrentarlas no es
asperjando insecticidas sino usando el control biológico o técnicas
culturales como la rotación o los cultivos alternados con alfalfa.
En el sureste, la plaga clave es el gorgojo (boll weevil), inmune
a la toxina Bt.
¿Cuáles
son los costos para los agricultores americanos?
Para
evaluar la economía de la finca y el impacto de los cultivos transgénicos
en las fincas de los Estados Unidos, es bueno examinar la realidad
que enfrentan los agricultores de Iowa, quienes viven en el corazón
de las tierras del maíz y la soya transgénicos. Aunque las malezas
son una preocupación, el problema real que ellos enfrentan es la
caída de los precios de sus productos debido a la superproducción
a largo plazo. De 1990 a 1998 el precio promedio de una tonelada
métrica de soya disminuyó en 62 por ciento y los retornos de los
costos descendieron de $532 a $182 por hectárea, una caída del
66 por ciento. Frente
a la caída
de los retornos por hectárea los agricultores no tienen elección
excepto "hacerse más grande o abandonar las tierras". Los
agricultores sólo se podrán mantener en el negocio si incrementan
el área de cultivo para compensar la caída en las ganancias por unidad
de área. Cualquier tecnología que facilite el crecimiento será "adoptada",
incluso si las ganancias de corto plazo son consumidas por los precios
que continúan cayendo en la medida en que se expande el modelo agrícola
industrial.
Para
estos agricultores de Iowa la reducción de los retornos por unidad
de tierra de cultivo ha reforzado la importancia de los herbicidas
dentro del proceso productivo porque reducen el tiempo que dedican
al cultivo mecanizado y permiten a un determinado agricultor sembrar
más acres. Una encuesta llevada a cabo entre los agricultores
de Iowa en 1998 indicó que el uso de glifosato con variedades de
soya resistentes al glifosato redujo los costos del control de malezas
en cerca del 30 por ciento comparado con el manejo convencional de
malezas para las variedades no transgénicas. Sin embargo, los
rendimientos de la soya resistente al glifosato fueron
menores en cuatro por ciento y los retornos netos por unidad
de área
de terreno fueron casi idénticos en la soya resistente y en la
convencional (Duffy 1999).
Desde
el punto de vista de la conveniencia y la reducción de costos, el
uso de herbicidas de amplio espectro en combinación con variedades
resistentes a los herbicidas atrae a los agricultores. Tales sistemas
combinan muy bien con las operaciones en gran escala, la producción
sin labranza y los subcontratos para la aplicación de químicos. Sin
embargo, desde el punto de vista de precios, cualquier fluctuación
en el precio de las variedades transgénicas en el mercado empeorará el
impacto de los actuales precios bajos. Tomando en consideración que
las exportaciones americanas de soya a la Unión Europea decayeron
de 11 millones de toneladas a seis millones en 1999 debido al rechazo
de los consumidores europeos a los organismos genéticamente modificados
(GMOs), es fácil predecir un desastre para los agricultores que dependen
de los cultivos transgénicos. Las soluciones duraderas al dilema
que enfrentan los agricultores de Iowa no vendrán de los cultivos
tolerantes a los herbicidas sino de una reestructuración general
de la agricultura del medio oeste (Brummer 1998).
La integración de las industrias
de semillas y químicos puede acelerar el incremento de los gastos
por hectárea de paquetes "semilla más químicos" trayendo
retornos significativamente más bajos a los agricultores. Las compañías
que desarrollan cultivos tolerantes a herbicidas están tratando
de desviar
el mayor costo posible por acre desde los herbicidas hacia la
semilla vía mayores costos de semilla. En Illinois, la adopción de cultivos
resistentes a herbicidas ha convertido al sistema de semilla-manejo
de malezas de la soya en el más caro en la historia moderna -entre
$40 y $69 por acre, dependiendo de las tasas, la presión de las malezas,
etc. Tres años antes, el promedio de costos de la semilla-más-control
de malezas era de $26 por acre y representaba el 23% de los costos
variables. Hoy representa el 35-40% (Carpenter & Gianessi 1999).
Muchos agricultores están deseosos de pagar por la simplicidad y
efectividad de este nuevo sistema de manejo de malezas, pero tales
ventajas pueden tener corta vida tan pronto como se presenten problemas
ecológicos.
En el caso de cultivos BT la información demuestra que el uso de insectidas
ha bajado especialmente en algodon. La mayoria de los estudios
sugieren que se han bajado el numero de aplicaciones por hectárea/ano, resultando en una reducción en el suo nacional
en USA de 450,000 kg de ingrediente activo (i.a.), pero esto representa
solo una reducción de 0.18 kg i.a. por hectárea, o 9% reducción del
promedio de 2.01 kg i.a. por hectárea. Para maiz Bt
la reducción por hectárea equivale a 0.04-0.08 kg de i.a. por hectárea,
un ahorro minimo comparado con reducciones de 50% con manejo
integrado y de 100% con agricultura organica.
Pero como se enfatizó antes, el costo final que los agricultores pagan
es su creciente dependencia de los insumos biotecnológicos protegidos
por un sistema severo de derechos de propiedad intelectual que legalmente
inhibe el derecho de los agricultores a reproducir, compartir y almacenar
semillas (Busch et al. 1990). Los agricultores que ejercen este derecho
pero a la vez rompen el contrato firmado con una corporación
pueden perder sus fincas ya que el contrato estipula que deben
pagar $
3 mil dolares por acre por infringir el acuerdo. Para un agricultor
con mas de 100 acres el costo es desastroso.
¿La biotecnología beneficiará a los agricultores
pobres?
Muchas
de las innovaciones de la biotecnología disponibles hoy eluden a
los agricultores pobres, ya que estos agricultores no pueden pagar
por las semillas protegidas por patentes, propiedad de las corporaciones
biotecnológicas. La extensión de la tecnología moderna hacia los
agricultores de escasos recursos ha estado históricamente limitada
por considerables obstáculos ambientales. Se
estima que 850 millones de personas viven en tierras amenazadas
por la desertificación. Otros 500 millones viven en terrenos demasiado
abruptos para ser cultivados. Debido a éstas y otras limitaciones,
alrededor de dos millones de personas ni siquiera han sido alcanzadas
por la ciencia agrícola moderna. La mayor parte de la pobreza rural
se desarrolla en la banda latitudinal entre los trópicos de Cáncer
y Capricornio, la región más vulnerable a los efectos del recalentamiento
global. En tales ambientes, una gran cantidad de tecnologías baratas
y accesibles localmente están disponibles para mejorar y no limitar
las opciones de los agricultores, una tendencia que es inhibida por
la biotecnología controlada por las corporaciones.
Los
investigadores en biotecnología piensan solucionar los problemas
asociados con la producción de alimentos en esas áreas marginales
desarrollando cultivos GM con características que los pequeños agricultores
consideran deseables, tales como mayor competitividad frente a las
malezas y tolerancia a la sequía. Sin embargo, estos nuevos atributos
no son necesariamente una panacea. Características como la tolerancia a la sequía
son poligénicas (determinadas por la interacción de genes múltiples).
En consecuencia, el desarrollo de cultivos con tales características
es un proceso que tomaría por lo menos 10 años. Bajo estas circunstancias,
la ingeniería genética no da algo por nada. Cuando se trabaja con
genes múltiples para crear un rasgo determinado, es inevitable sacrificar
otras características como la productividad. Como resultado, el uso
de una planta tolerante a la sequía incrementaría los rendimientos
de un cultivo sólo en 30-40 por ciento. Cualquier rendimiento adicional
deberá provenir del mejoramiento de las prácticas ambientales (como
la cosecha del agua o el mejoramiento de la materia orgánica del
suelo para mejorar la retención de la humedad) más que de la manipulación
genética de características específicas (Persley y Lantin 2000).
Aun
cuando la biotecnología pudiera contribuir a incrementar la cosecha
en un cultivo, eso no significa que la pobreza disminuiría. Muchos
agricultores pobres en los países en desarrollo no tienen acceso
al dinero, al crédito, a la asistencia técnica o al mercado. La llamada
Revolución Verde de los 50 y 60 ignoró a esos agricultores porque
la siembra de las nuevas medidas de alto rendimiento y su mantenimiento
por medio de pesticidas y fertilizantes era demasiado costosa para
los campesinos pobres. Los datos, tanto de Asia como de América Latina,
demuestran que los agricultores ricos con tierras más extensas y
mejor llevadas obtuvieron más de la Revolución Verde, mientras los
agricultores con menores recursos en general ganaron muy poco (Lappe
et al. 1998). La nueva "Revolución Genética" sólo podría
terminar repitiendo los errores de su predecesora.
Las
semillas genéticamente modificadas están bajo control corporativo
y bajo la protección de patentes y, como consecuencia, son muy caras.
Ya que la mayor parte de las naciones en desarrollo todavía carecen
de infraestructura institucional y crédito con bajos intereses, elementos
necesarios para llevar estas semillas a los agricultores pobres,
la biotecnología sólo exacerbará la marginalización.
Los
agricultores pobres no tienen cabida en el nicho de mercado de
las compañías privadas, cuyo enfoque está dirigido a las innovaciones
biotecnológicas para los sectores agrícolas-comerciales de los países
industrializados y desarrollados, donde tales corporaciones pueden
esperar grandes retornos a su inversión en investigación. El sector
privado a menudo ignora cultivos importantes como la yuca, que es
un alimento fundamental para 500 millones de personas en el mundo.
Los pocos agricultores empobrecidos que tendrán acceso a la biotecnología
se volverán peligrosamente dependientes de las compras anuales de
semillas genéticamente modificadas. Estos agricultores tendrán que
atenerse a los onerosos acuerdos de propiedad intelectual y no sembrar
las semillas obtenidas de una cosecha de las plantas producto de
la bioingeniería. Tales condiciones constituyen una afrenta para
los agricultores tradicionales, quienes por siglos han guardado
y compartido semillas como parte de su legado cultural (Kloppenburg 1998). Algunos científicos y formuladores de políticas sugieren que las grandes
inversiones a través de asociaciones públicas-privadas pueden ayudar
a los países en desarrollo a adquirir la capacidad científica e institucional
para delinear la biotecnología de manera que se adapte a las necesidades
y circunstancias de los pequeños agricultores. Pero, una vez más,
los derechos corporativos de propiedad intelectual sobre los genes
y la tecnología de clonación de genes arruinarían tales planes. Por
ejemplo, EMBRAPA (el Instituto Nacional de Investigación Agrícola
de Brasil) debe negociar licencias con nueve diferentes compañías
antes de poder lanzar una papaya resistente a virus, desarrollada
con investigadores de la Universidad de Cornell (Persley y Lantin
2000).
Los organismos genéticamente modificados y la salud
humana
¿Son los cultivos transgénicos similares a los convencionales?
Las
agencias gubernamentales que regulan los cultivos obtenidos por
la biotecnología consideran a estos "sustancialmente equivalentes" a
los cultivos convencionales. Esta conjetura es inexacta y carece
de base científica. La evidencia demuestra que la transferencia genética
usando técnicas del ADNr es sustancialmente diferente de los procesos
que gobiernan la transferencia de genes en el mejoramiento tradicional.
En este esfuerzo, los mejoradores de plantas desarrollan nuevas variedades
a través del proceso de selección y buscan la expresión de material
genético que ya está presente dentro de una especie. El cruzamiento
convencional involucra el movimiento de grupos de genes ligados funcionalmente,
principalmente entre cromosomas similares, e incluye a los promotores
relevantes, secuencias reguladoras y genes asociados involucrados
en la expresión coordinada de la característica de interés en
la planta.
La
ingeniería genética trabaja principalmente por medio de la inserción
de material genético, generalmente de fuentes sin precedentes, es
decir, material genético que proviene de especies, familias e incluso
reinos que anteriormente no podían ser fuentes de material genético
para una especie en particular. El proceso involucra el uso de una “pistola
inserta genes” (gene gun) y un "gen promotor" de un virus
y un marcador como parte del paquete o construcción que se inserta
en la célula de la planta hospedera. Las actuales tecnologías del ADNr consisten
en la inserción al azar de genes en ausencia de secuencias normales
del promotor y los genes reguladores asociados. Como hay pocos ejemplos
de caracteres de plantas en las cuales se han identificado los genes
reguladores asociados, actualmente no es posible introducir un gen
totalmente "funcional" usando las técnicas de ADNr. Estas
técnicas también involucran la inserción simultánea de promotores
virales y marcadores selectivos que facilitan la introducción de
genes de especies no compatibles. Estas transformaciones genéticas
no pueden suceder cuando se usan los métodos tradicionales, lo
cual explica ampliamente la forma tan abismal en que estos dos
procesos
difieren (Hansen 1999).
En
resumen, el proceso de ingeniería genética difiere claramente del
mejoramiento convencional ya que éste se basa sobre todo en la selección
a través de procesos naturales de reproducción sexual o asexual entre
una especie o dentro de géneros estrechamente relacionados. La ingeniería
genética usa un proceso de inserción de material genético, vía un "gene
gun" o un transportador bacteriano especial, cosa que no ocurre
en la naturaleza. Los biotecnólogos pueden insertar material genético
en una especie a partir de cualquier forma viviente, creando así organismos
nuevos con los cuales no se tiene experiencia evolutiva.
¿Se
pueden ingerir los cultivos transgénicos sin peligro?
El
prematuro lanzamiento comercial de los cultivos transgénicos, debido
a la presión comercial y a las políticas de la FDA y la EPA que consideran
a los cultivos genéticamente modificados "sustancialmente equivalentes" a
los cultivos convencionales, ha tenido lugar en el contexto de un
marco regulador aparentemente inadecuado, no transparente y, en algunos
casos, inexistente. De hecho, la aprobación del lanzamiento comercial
de los cultivos transgénicos se basa en la información científica
proporcionada voluntariamente por las compañías que los producen.
Se
estima que cerca del 50 por ciento de los alimentos preparados
a base de maíz y soya en Estados Unidos provienen de maíz y frijol
soya genéticamente modificados. La mayor parte de los consumidores
desconocen esto y no tienen posibilidad de determinar si un alimento
es transgénico, ya que estos no llevan una etiqueta que lo diga.
Dado que ningún científico puede aseverar que tales alimentos están
completamente libres de riesgos, se puede considerar que la mayoría
de la población de los Estados Unidos está siendo sujeta a un experimento
de alimentación en gran escala. Los consumidores de la Unión Europea
(UE) han rechazado los alimentos genéticamente modificados (Lappe
y Bailey 1998).
Debido
a los métodos no usuales utilizados para producir cultivos GM, algunos
temen que las variantes genéticas producidas puedan introducir sustancias
extrañas en la provisión de alimentos con efectos negativos inesperados
sobre la salud humana. Una preocupación importante es que alguna
proteína codificada por un gen introducido pueda ser un alergeno
y causar reacciones alérgicas en las poblaciones expuestas (Burks
y Fuchs 1995).
La
biotecnología se emplea para introducir genes en diversas plantas
que son fuentes de alimentos o componentes de varios alimentos. Los
caracteres que se introducen incluyen resistencia a virus e insectos,
tolerancia a los herbicidas y cambios en la composición o el contenido
nutricional. Dada la diversidad de caracteres, es fácil predecir
el potencial alergénico de las proteínas introducidas en los alimentos
que provienen de fuentes sin registros de poseer alergenos o que
tienen secuencias de aminoácidos similares a las de alergenos
conocidos presentes
en proteinas de mani, almendras, leche, huevos, soya, mariscos, pescado
y trigo.
Hay una pequeña pero real posibilidad
de que la ingeniería genética pueda transferir proteínas nuevas y
no identificadas en los alimentos, provocando así reacciones alérgicas
en millones de consumidores sensibles a los alergenos, pero sin que
haya posibilidad de identificarlos o de autoprotegerse de tales alimentos
dañinos.
Otra
preocupación está asociada con el hecho de que casi en todos los
cultivos genéticamente modificados se incorporan genes de resistencia
a los antibióticos como marcadores, para indicar que una planta ha
sido modificada con éxito. Es de esperar que estos genes y sus productos
enzimáticos, que causan la inactivación de los antibióticos, estén
presentes en los alimentos modificados y sean incorporados por las bacterias presentes en el estomago
humano. Esto trae a colación importantes preguntas sobre
las consecuencias en la salud humana, particularmente si comprometen
la inmunidad (Ticciati y Ticciati 1998).
El
tratamiento con ingeniería genética puede eliminar o inactivar sustancias
nutritivas valiosas en los alimentos. Investigaciones recientes demuestran
que la soya modificada resistente a los herbicidas tiene menores
niveles de isoflavonas (12-14 por ciento), fito-estrógenos clave
(principalmente genistina) presentes en forma natural en la soya
y que constituyen un potencial protector contra algunas formas de
cáncer en la mujer (Lappe et al. 1998).
No
hay científico que pueda negar la posibilidad de que cambiando la
estructura genética fundamental de un alimento se puedan causar nuevas
enfermedades o problemas de salud. No hay estudios de largo plazo
que prueben la inocuidad de los cultivos genéticamente modificados.
Estos productos no han sido probados en forma exhaustiva antes de
llegar a los estantes de las tiendas. A pesar de esto, los cultivos
transgénicos están siendo probados en los consumidores.
Biotecnología, Agricultura y Medio Ambiente
La
biotecnología se está usando para reparar los problemas causados
por previas tecnologías agroquímicas (resistencia a los pesticidas,
polución, degradación del suelo, etc.) desarrolladas por las mismas
compañías que ahora lideran la biorevolución. Los cultivos transgénicos
creados para el control de plagas siguen de cerca los paradigmas
de usar un solo mecanismo de control (un pesticida) que ha demostrado
repetidas veces su fracaso frente a insectos, patógenos y plagas
(Consejo Nacional de Investigación 1996). El promocionado enfoque "un
gen - una plaga" será fácilmente superado por plagas que continuamente
se adaptan a nuevas situaciones y desarrollan mecanismos de detoxificación
(Robinson 1996).
La
agricultura desarrollada con cultivos transgénicos favorece los monocultivos
que se caracterizan por niveles peligrosamente altos de homogeneidad
genética, que a su vez conducen a una mayor vulnerabilidad de los
sistemas agrícolas ante situaciones de estrés biótico y abiótico
(Robinson 1996). Cuando se promueve el monocultivo también se inhiben
los métodos agrícolas ecológicos, como las rotaciones y los cultivos
múltiples, exacerbando así los problemas de la agricultura convencional
(Altieri 2000).
En
la medida en que las semillas obtenidas por ingeniería genética reemplacen
a las antiguas variedades tradicionales y sus parientes silvestres,
la erosión genética se acelerará en el Tercer Mundo (Fowler y Mooney
1990). La búsqueda de uniformidad no sólo destruirá la diversidad
de los recursos genéticos sino que alterará la complejidad biológica
en la cual se basa la sostenibilidad de los sistemas tradicionales
de cultivo (Altieri 1996).
Hay
muchas preguntas ecológicas sin respuesta sobre el impacto del lanzamiento
de plantas y microorganismos transgénicos en el medio ambiente y
la evidencia disponible apoya la posición de que el impacto puede
ser sustancial. Entre los principales riesgos ambientales asociados
con las plantas producidas por ingeniería genética están la transferencia
involuntaria de "transgenes" a las especies silvestres
relacionadas, con efectos ecológicos impredecibles.
El impacto
de los cultivos resistentes a herbicidas
Resistencia
a los herbicidas
Al
crear cultivos resistentes a sus herbicidas, las compañías biotecnológicas
pueden expandir mercados para sus productos químicos patentados.
(En 1997, 50 mil agricultores plantaron 3.6 millones de hectáreas
de soya resistente a los herbicidas, equivalente al 13 por ciento
de los 71 millones de acres de soya a nivel nacional en Estados Unidos,
Duke 1996). Los observadores dieron un valor de $75 millones a los
cultivos resistentes a los herbicidas en 1995, el primer año de comercialización,
lo que indica que para el año 2000 el mercado sería de unos 805 millones
de dólares, que representan un crecimiento del 61 por ciento
(Carpenter y Gianessi 1999).
El
uso continuo de herbicidas como bromoxynil y glifosato (también conocido
como Roundup de Monsanto), tolerados por cultivos resistentes a estos
herbicidas, puede acarrear problemas (Goldberg 1992). Se sabe muy
bien que cuando un solo herbicida se usa continuamente en un cultivo,
se incrementa enormemente el riesgo de desarrollo de resistencia
al herbicida en las poblaciones de malezas (Holt et al. 1993). Se
conocen unos 216 casos de resistencia a una o más familias de
herbicidas (Holt y Le Baron 1990). Los herbicidas del grupo Trizzinas
registran
la mayor cantidad de especies de malezas resistentes (alrededor
de 60).
Dada
la presión de la industria para incrementar las ventas de herbicidas,
el área tratada con herbicidas de amplio espectro se expandirá, intensificando
así el problema de la resistencia. Por ejemplo, se ha proyectado
que el área tratada con glifosato se incrementará en unos 150 millones
de acres. Aunque el glifosato se considera menos propicio para crear
resistencia en malezas, el aumento en el uso del herbicida dará como
resultado resistencia de las malezas, aun cuando sea más lenta.
Esto ya ha sido registrado en poblaciones australianas de pastos
como
ryegrass, quackgrass, Eleusine indica y Cirsium arvense (Gill
1995).
Los
herbicidas destruyen más que las malezas
Las
compañías biotecnológicas sostienen que el bromoxynil y el glifosato
se degradan rápidamente en el suelo cuando se aplican con propiedad,
no se acumulan en el agua subterránea, no tienen efectos sobre otros
organismos y no dejan residuos en los alimentos. Sin embargo, hay
evidencia de que el bromoxynil causa defectos congénitos en animales,
es tóxico para los peces y puede causar cáncer en los seres humanos
(Goldberg 1992). Debido a que el bromoxynil se absorbe a través de
la piel, y porque causa defectos congénitos en roedores, es probable
que sea peligrosos para los agricultores y trabajadores del campo.
Asimismo, se ha informado que el glifosato es tóxico para algunas
especies que habitan en el suelo, incluyendo predatores, como arañas,
escarabajos carábidos y coccinélidos, y para otros que se alimentan
de detritos como los gusanos de tierra, así como para organismos
acuáticos, incluyendo peces (Paoletti y Pimentel 1996). Se sabe que
este herbicida se acumula en frutas y tubérculos porque sufre relativamente
poca degradación metabólica en las plantas, por lo que surgen preguntas
sobre su inocuidad, especialmente ahora que se usan anualmente más
de 37 millones de libras de este herbicida sólo en Estados Unidos.
Más aún, las investigaciones demuestran que el glyphosate tiende
a actuar en una forma similar a la de los antibióticos, alterando
en una forma todavía desconocida la biología del suelo y causando
efectos tales como:
§
Reducir la habilidad de la soya y del trébol
para fijar nitrógeno
§
Hacer más vulnerables a las enfermedades a las
plantas de frijol
§
Reducir el crecimiento de las micorrizas que
moran en el suelo, hongos clave para ayudar a las plantas a extraer
el fósforo del suelo.
Creación
de "supermalezas"
Aunque
hay cierta preocupación porque los cultivos transgénicos por sí mismos
puedan convertirse en malezas, el principal riesgo ecológico es que
el lanzamiento en gran escala de los cultivos transgénicos promueva
la transferencia de transgenes de los cultivos a otras plantas, las
cuales podrían transformarse en malezas (Darmency 1994). Los transgenes
que confieren ventajas biológicas significativas pueden transformar
plantas silvestres en nuevas o peores malezas (Rissler y Mello 1996).
El proceso biológico que nos preocupa es la introgresión-hibridación
entre especies de plantas diferentes pero emparentadas. La evidencia
señala que tales intercambios genéticos ya se realizan entre
plantas silvestres, malezas y especies cultivadas. La incidencia
de Sorghum
bicolor, una maleza emparentada con el sorgo y el flujo genético
entre el maíz y el teosinte demuestran el potencial de que los parientes
de los cultivos puedan convertirse en malezas peligrosas. Esto es
preocupante dada la cantidad de cultivos que crecen en las proximidades
de sus parientes silvestres sexualmente compatibles en Estados Unidos
(Lutman 1999). Debe tenerse extremo cuidado en los sistemas agrícolas
que se caracterizan por polinización cruzada, como avena, cebada,
girasoles y sus parientes silvestres, y entre el raps y otras crucíferas
relacionadas (Snow y Moran 1997).
En
Europa hay una gran preocupación sobre la posible transferencia
de polen de genes tolerantes a los herbicidas de las semillas
oleosas de Brassica a las especies Brassica
nigra y Sinapsis arvensis (Casper y Landsmann
1992). Algunos cultivos crecen
cerca de plantas silvestres que no son sus parientes cercanos pero
que pueden tener cierto grado de compatibilidad cruzada como los
cruces de Raphanus raphanistrum x R.
sativus (rábanos) y el sorgo alepo x maíz-sorgo (Radosevich et
al. 1996). Repercusiones en cascada de estas transferencias pueden
en última instancia significar cambios en la estructura de las comunidades
vegetales. Los intercambios genéticos constituyen una amenaza grande
en los centros de diversidad, porque en los sistemas agrícolas biodiversos
la probabilidad que los cultivos transgénicos encuentren parientes
silvestres sexualmente compatibles es muy alta.
La
transferencia de genes de los cultivos transgénicos a cultivos orgánicos
representa un problema específico para los agricultores orgánicos;
la certificación orgánica se basa en que los productores puedan garantizar
que sus cultivos no tengan transgenes insertados. Algunos cultivos
que pueden cruzarse con otras especies, como el maíz o el raps se
verán afectados en mayor grado, pero todos los que desarrollan agricultura
orgánica corren el riesgo de contaminación genética. No hay reglamentos
que obliguen a un mínimo de separación entre los campos transgénicos
y orgánicos (Royal Society 1998).
En
conclusión, el hecho de que la hibridación y la introgresión interespecíficas
sea algo común en especies como girasol, maíz, sorgo, raps, arroz,
trigo y papa, provee una base para anticipar flujos genéticos entre
los cultivos transgénicos y sus parientes silvestres, que pueden
dar lugar a nuevas malezas resistentes a los herbicidas (Lutman 1999).
Hay consenso entre los científicos de que los cultivos transgénicos
en algún momento permitirán el escape de los transgenes hacia las
poblaciones de sus parientes silvestres. El desacuerdo está en cuán
serio será el impacto de tales transferencias (Snow y Moran 1997).
Riesgos ambientales de los cultivos resistentes a
insectos (Cultivos Bt)
Resistencia
Según
la industria biotecnológica, la promesa de los cultivos transgénicos
insertados con genes Bt son el reemplazo de los insecticidas sintéticos
que ahora se usan para controlar insectos plaga. Pero esto no es
muy claro ya que la mayor parte de los cultivos son atacados por
diversas plagas y las plagas que no pertenecen al orden Lepidoptera
de todos modos tendrán que ser combatidas con insecticidas porque
no son susceptibles a la toxina Bt expresada en el cultivo (Gould
1994). En un reciente informe (USDA 1999) que analiza el uso de pesticidas
en la temporada agrícola 1997 en Estados Unidos en 12 combinaciones
de regiones y cultivos, se demostró que en siete localidades no hubo
diferencia estadística en el uso de pesticidas entre cultivos con
Bt y cultivos convencionales sin Bt. En el Delta del Mississippi
se usó una cantidad significativamente mayor de pesticidas en algodón
Bt versus algodón sin Bt.
Por
otro lado, se sabe que varias especies de lepidópteros han desarrollado
resistencia a la toxina BT tanto en pruebas de campo como en laboratorio,
lo que sugiere la posibilidad de aparición de importantes problemas
de resistencia en los cultivos Bt a través de los cuales la continua
expresión de la toxina crea una fuerte presión de selección (Tabashnik
1994). Ningún entomólogo serio puede cuestionar si la resistencia
se desarrollará o no. La pregunta es ¿qué tan rápido sucederá?. Los
científicos ya han detectado el desarrollo de "resistencia de
comportamiento" en algunos insectos que aprovechan la expresión
irregular de la potencia de la toxina en el follaje del cultivo,
atacando sólo las partes
con bajas concentraciones de toxina. Es más, ya que las toxinas in